¿Deberíamos mostrarle nuestras debilidades a nuestro jefe?

Una persona entra a la habitación, tratando de parecer tranquilo mientras ensaya las primeras líneas de su discurso como si de un Padre Nuestro se tratara, toma asiento y espera ansiosamente a que el entrevistador comience el interrogatorio.

Como si estuviésemos hablando de un sospechoso frente a la guillotina, la persona comienza a cuestionarse si hay algún polígrafo cerca o si las hojas que el entrevistador tiene en frente contienen un récord de antecedentes que pueden probar que su currículum es una suerte de Frankestein que exagera cualquier potencial habilidad o capacidad que se pueda extraer de las labores del entrevistado desde que este tenía alrededor de dos años.

Justo antes de que una nueva gota de sudor baje por su frente, el entrevistador pronuncia las esperadas palabras.

Entrevistador: ¿y cuál es tu mayor debilidad?

Como un reproductor viejo, el entrevistado repite las palabras que leyó en los cinco artículos de Internet consultados.

Entrevistado: soy adicto al trabajo, me encanta trabajar por sueldos mediocres que exijan horas extras, hasta en feriados; siempre soy el anfitrión de reuniones extracurriculares fuera de la oficina que planteamos para continuar con nuestro trabajo y cumplir los objetivos establecidos porque sé trabajar muy bien en equipo. Ah, y soy muy perfeccionista.

Todo trabajador promedio que se respete ha comenzado su trabajo a partir de mentiras.

Y esta es la cuestión: cuando estamos frente a una persona que queremos desesperadamente que nos contrate, decirle que siempre esperas al deadline para hacer tus tareas, que tardas mucho en contestar, que odias trabajar en equipo y que quieres vacaciones extras, no parece una idea inteligente.

Eso lo sabemos. Pero ¿una vez que obtienes el trabajo? ¿qué haces con tus debilidades en ese escenario?

Contrario a lo que el mundo puede pensar, no es el fin de mundo si tus jefes conocen tus debilidades. Probablemente ya se las saben, en todo caso. El verdadero asunto aquí, es en qué contexto.

Porque, seamos honestos, no necesitamos la bendición de nuestros jefes para sobrevivir en el mundo laboral. Si sería más fácil para nuestras vidas, pero no sustancial. Así que en vez de forzar una conversación incómoda en la oficina, puedes hacer mucho más con tus debilidades que señalarlas.

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Lo que sí es terreno prohibido, y un dolor de cabeza para todo jefe, es que se usen como excusa. Todos tenemos debilidades, pero cuando vienen envueltas en papel de regalo y una nota de ‘disculpa’ por no haber sido eficiente, no son tan bien recibidas.

Mejor que eso, sería reconocerlas como una oportunidad. No podemos llegarle a nuestro jefe con las manos vacías, decirle en qué fallamos no le sirve de nada si no tienes ningún interés por mejorarlo.

El caso en cuestión es: no tienes que inventarte una maniobra desesperada para que tu jefe no se de cuenta de que odias a la mitad de tu equipo de trabajo. En vez de disculparte por no comunicarte con ellos, toma acción y espíchales los cauchos del carro para que no puedan ir a la oficina.

Mentira, no hagas eso. Pero sí idéate alguna solución motivadora para tomar acción sobre los asuntos y que tu jefe no te regañe.

Siempre es una opción espichar sus cauchos también. 

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