Renuncias y denuncias

Renuncias y denuncias

Es difícil empezar a trabajar.

¿Qué digo? 

Es difícil trabajar en general.

Que te hagan una oferta de trabajo o te llamen después de una entrevista para decir que te desean en la oficina, es motivo suficiente para gritar al cielo de felicidad, recibir abrazos de amistades y pasarnos de copas celebrando. Tal como si el chamo que te gusta, por fin te invitara a salir.

Como toda relación, ese es el momento más bonito. Ese inicio, el enamoramiento, la luna de miel, donde ves todo maravilloso y brillante. Cuando empiezas el trabajo coqueteas a menudo con tu nuevo oficio, te quedas hasta largas horas de la noche hablando de él (y con él) y por supuesto no paras de pensar ni un segundo sobre cuánto lo amas.

Luego de unos meses la cosa se tranquiliza, las llamas se calman. Las pasiones y delirios del principio, son sustituidos por un esquema rutinario que aunque se enfrasque en la repetición de acciones, no significa que amemos menos nuestro trabajo. Repito, igual pasa en las relaciones de pareja.

Más tarde en el camino, si no recordamos lo que nos enamoró al principio, si está fallando una de las partes, si conseguimos un nuevo amor o simplemente nos fastidiamos; tanto en el amor como en el trabajo sucede lo inevitable: terminas.

Cuando se trata de temas del corazón, el fin de una relación puede ser en el mejor de los escenarios un poco incómodo al inicio pero efectivo y satisfactorio al final. Pero para nadie es ajena la situación en la que se ven a parejas teniendo los más terribles enfrentamientos, diciéndose los más nefastos insultos y dejando tras ellos una escena de guerra digna del final de Troya cuando desean terminar.

Y es que en el trabajo es igual, dejar una empresa o ser despedido puede suceder de dos formas: muy elegantemente amigable o vergonzosamente Hiroshima-like desastroso.

Eso justamente fue lo que le preguntamos a un grupito de personas esta semana, ¿cómo le has roto el corazón a tu trabajo o cómo te lo ha roto él a ti?

“Bueno, trabajaba para una revista de odontología que funcionaba allá en Caracas, un día los dueños decidieron irse a Argentina y tratar de establecerla allá, pero obviamente no es fácil. Invirtieron todo y mientras, yo continuaba trabajando aquí. Pero con todos los aumentos de sueldo del año pasado que hizo el presidente, un día me dijeron que ya no me podían seguir pagando porque ya no tenían casi ingresos aquí. No me podían despedir, así que yo «renuncie». Igual me pagaron como si me hubiesen despedido. Fin.”– Enrique, 23.

“Un día me sentaron y me dijeron que no me necesitaban más. Me robé el teclado de la computadora.” – Eugenio, 25.

“Yo me fui a almorzar y nunca volví.” – Anabella, 26.

“A un amigo lo botaron por tener sexo con una compañera en el baño de la empresa. No fui yo. Ojalá. Ese trabajo era malo.” – Luis, 26.

“Dije que me iba del país. Todo iba bien hasta que me encontré a mi exjefa haciendo mercado. Le tuve que echar un cuento chino de lo mal que me había ido “viviendo afuera” – Carla, 29.

“Yo renuncié, ellos me pidieron 6 meses más y estuvieron a punto de convencerme pero yo ya estaba trabajando en otro lado y me dió mucha calihueva regresar porque no pagaban un coño. Fui, me comí unas pizzas y no volví a ver a esa gente” – Antonio, 22.

“Perdí los papeles un día (figurativamente) y le dije al gerente que era un explotador. Hasta ahí llegué.” – Isabel, 26.

“Hice que mi mamá llamara para renunciar.” – Ernesto, 25.

En el amor y en la guerra (y en el trabajo) todo se vale.