Cuando renuncias a un trabajo que te gusta

Todos hemos tenida una mala experiencia laboral, y más que mala, asquerosa. Es algo que viene con el paquete de tener crisis existenciales a lo millennial y querer cambiar el mundo a punta de buenas vibras. Todo por algo que se vea lindo en nuestro currículum. Nos decimos a nosotros mismos que mejorará, la empresa crecerá, nos pagarán mejor, contratarán más gente y nos aliviarán de la carga.

Pero muchas veces ninguna de esas cosas pasan. Y te quedas más de un año en un trabajo que te consume hasta el punto de que odias el momento en el que aceptaste una humilde propuesta de “solo tienes que hacer lo tuyo”, terminando haciendo el trabajo que deberían hacer otras ocho personas. Pues, algo así me pasó a mí.

Entonces llegué a un punto en el que me asomaba por la ventana y hasta el hippie que vende pulseras en el metro ganaba más que yo y se veía mucho más feliz, además tenía más tiempo libre y seguramente su jefe no le enviaba mensajes “urgentes” los domingos en la mañana.

Este es un momento al que llamo “etapa felizmente infeliz” en tu trabajo. Lo haces por una buena causa o por “amor al arte” (o eso te dices por las noches). Sin embargo en Venezuela muchas veces está fuera de tus opciones hacer algo que no te traiga ningún beneficio, además del cuento, porque algo que no han logrado devaluar es el tiempo.

Cada vez que alguien me preguntaba por él, simplemente no sabía qué verdad contar. ¿La parte de que no me quieren subir el sueldo y todo mi trabajo parece haber sido una pérdida de tiempo sin beneficio alguno o la parte en la que todo va poco a poco pero bello? En caso de contar la última historia, ¿a quién estaba engañando mejor? Pues mi cara nació con el mismo hechizo de Jim Carrey en Liar, Liar incapaz de mentir. Así que no podía seguir fingiendo mucho más.

En el 2017 parece inconcebible tener 21 años y quedarte en un trabajo que ya no te llena en especial financieramente. Pues cuando ya tienes las razones suficientes para renunciar todo el camino está resuelto. Pero hay muchos factores que las empresas usan para no dejarte ir hasta que ellos lo consideren oportuno, eso es: decirte que eres un diamante en bruto y que necesitas aprender de disciplina, que el proyecto no puede crecer hasta que hagas todo el trabajo necesario (eso es para ahorrar en diseñadores, editores, directores de arte y community manager), lo mucho que la empresa ha hecho por ti pues te aprecia enormemente, y prometiéndote un mundo ficticio de éxito y triunfo si te quedas un poco más. Promesas que te crees durante un tiempo.

Pero nunca pasó. Lo que sí pasó fue que renuncié. La impotencia de trabajar en algo que me había dejado de gustar, y que no parecía recompensarme más que con migajas me consumió.

Y, ¿cómo sabes que fue una buena decisión? Porque te sientes tan ligera de responsabilidad desagradable e innecesaria que puedes volar con las guacamayas y dejar de echarle la culpa a Maduro para sentirte mejor.

Así me siento desde entonces, porque a veces esa felicidad falsa de la que nadie para de convencerte no te llega al momento de levantarte e ir a la oficina. No te gritan ahí, ni tus compañeros son unos idiotas, ni el espacio es gris y deprimente, pero sabes que algo no está bien y fantaseas con estar en otra parte, tal vez haciendo otra cosa. Esos son instintos que no puedes posponer ni ignorar.

Existe una ligera posibilidad de que te pase lo mismo que a mí, pues así tuve que aprender a identificar cuando los beneficios valen el trabajo, y si esos beneficios me convienen. Es ahí cuando decides si trabajar por amor al arte es en realidad eso o compromiso contigo mismo. 

Los perks de iniciarte laboralmente en Venezuela.

En otro contexto sí lo habría hecho por amor al arte, pero no siempre es rentable soñar con otros contextos. Aún así, todavía no llega el día que me arrepienta de haber tomado esa decisión, pero tampoco el que le deje de echar la culpa a Maduro.

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