Crónica de una virgen laboral que conoció su primer trabajo tóxico

Crónica de una virgen laboral que conoció su primer trabajo tóxico

En un llamado de emergencia, que pudo ser reconocido como un grito desesperado de una compañera que solo había cruzado conversaciones con ella por meros intereses comunes, Daniela se preparó mentalmente para asistir a una agencia de publicidad de la que conocía pocos detalles, más allá de que era reconocida internacionalmente, a realizar una tarea disfrazada de ‘favor’.

Con un ‘por favor, lleguen lo más temprano posible’ a las instalaciones de la agencia, Daniela y su amiga, que también fue contactada bajo el mismo régimen de rapidez, se dispusieron a ir apenas horas después de que su compañera se había acercado a ellas en busca de ayuda, a socorrer cualquiera que sea la emergencia laboral que ameritó la llamada desesperada.

Una vez que ambas llegaron al piso correcto, unos minutos tarde gracias al infortunio de las direcciones caraqueñas poco exactas, fueron recibidas por un grupo que quizás estaba un poco mejor informado que ellas, pero no lo suficiente como para no emborracharlas de tareas por hacer en menos de veinticuatro horas.

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Una explicación rápida, la clave del Wi-Fi y la promesa de enviarles más detalles por correo, Daniela y su amiga se encontraron mal sentadas en la sala de conferencias de la empresa con el trabajo atrasado de mínimo tres personas y con la advertencia de que todo debía estar listo a más tardar mañana.

Cabe destacar que el grupo era ignorante de sus habilidades, especializaciones y capacidades, pero la desesperación los llevó a condensar todo el trabajo atrasado y arrojárselo a dos extrañas sin mayor explicación.

Y esto, en reflexiones posteriores de Daniela, fue una bandera roja que cobró más sentido una vez que la experiencia había acabado. Fue para ella, una de las primeras advertencias de que estaba en presencia de esos escenarios que describen en los artículos laborales de Internet como ‘trabajos tóxicos’, de los que, en su virginidad laboral no había tenido la oportunidad de presenciar.

Sin embargo, por no fallarle a su compañera, Daniela y su amiga se zambulleron sin orientación a intentar suplir las entregas de lo que suponían era todo el departamento de redes sociales de la empresa.

Horas pasaron y la mala conexión de Internet saboteaba constantemente lo poco que podían adelantar mientras sacaban un almuerzo improvisado con sus pantallas al frente, porque el deadline era lo único que el grupo había dejado claro; hasta el punto de que las dos amigas se turnaban para ir al baño para poder lograr al menos la mitad del acumulado antes de las cinco de la tarde.

Cuando ya todo iba tomando forma y las risitas nerviosas estaban disminuyendo, se anunció que la persona que realmente sabía lo que las dos primerizas debían hacer estaba llegando a la oficina. Con dos toques en la puerta, esta se abrió camino y comenzó, poco a poco, a destruir todas las tareas que Daniela y su amiga habían adelantado, señalando que esas no eran las ‘más importantes’ y que ‘no se preocuparan’, que ahora que ella había llegado podría explicarles mejor lo que de verdad tenían que hacer.

Con el sudor aún en la frente, por el nivel de presión que habían aplicado en la tarea solo para tener que abandonarla a medio hacer, Daniela y su amiga respiraron lo suficientemente alto como para que la recién llegada lanzara frases tranquilizadoras y promesas al aire como confetti.

Segundo signo del ‘trabajo tóxico’ que Daniela había leído por Internet.

Explicaciones más organizadas y concretas volaron de un lado para otro, en parte borrando todo lo que le habían indicado antes, e iluminando mejor lo que realmente estaba en su lista de tareas, bajo el mismo régimen de urgencia. Por supuesto, todo esto en constante interrupción de otros trabajadores, cuyas tareas al parecer también dependían de la supervisión e indicaciones de la recién llegada.

Con cada visita que irrumpía la sala, también se iba una acotación poco profesional de la mujer que había derrumbado nuestros adelantos; unas veces fueron insultos, otras veces secretos laborales, y en algunas ocasiones eran comentarios sarcásticos que lo único que hacían era retraer a Daniela y su amiga en sus sillas, sin idea sobre qué opinar cuando la jefa vomitaba insultos frente a sus invitadas completamente desconocidas buscando apoyo.

A mitad del despilfarro, la mujer en cuestión atendió una llamada y comenzó un tipo de despilfarro muy diferente; esta vez fueron cumplidos para nosotras con quién-sabe-quién del otro lado de la línea: atributos viajaron por el altavoz de la otra persona, y culminó en ‘necesitamos contratarlas’.

Poco sabía Daniela y su amiga que esto se trataba, de nada más y nada menos, que una entrevista de trabajo atorada y poco convencional. Lo siguiente que sucedió fue una discusión sobre ‘cuánto ellas querían ganar’ y, antes de responder, hizo una entrada triunfal la persona que después respondió esa pregunta.

Con pena, una asistente de diseño gráfico entró a la sala solo para ser regañada, humillada y cuestionada por si tenía alguna enfermedad que le impidiera su desarrollo motriz. Entre improperios, la que hasta ahora suponemos que es la gerente de la empresa, resaltó para conocimiento de Daniela y su amiga que la trabajadora ‘debía tener Asperger’ por lo ‘lenta, bruta y poco productiva que era al decir que no podía diseñar 23 imágenes antes de las cinco de la tarde’; el intercambio de abuso laboral sucedió ante sus ojos justo cuando la gerente estaba preguntando cuánto esperaban ellas monetariamente para poder trabajar en la agencia.

Sin mayor explicación, ambas respondieron que preferían una propuesta por escrito y se dispusieron a dejar las instalaciones una vez que adelantaron parte de lo que en realidad sí fueron llamadas para hacer, solo por mera experiencia en el área -y para no salir corriendo-.

Ese día no solo presenciaron la leyenda del ‘trabajo tóxico’ del que tanto especulan por Internet, sino que perdieron cualquier motivación a responder a llamados de emergencia laborales que mal parados son propuestas de trabajo poco ortodoxas.

Ah, y en el trajín también perdieron quince mil bolívares en efectivo del estacionamiento; que fue más doloroso que toda la experiencia en rincones caraqueños.