Quizás no eres multitasker después de todo

Oh, el gran dilema entre ser o no ser.
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multitasking

En el mundo ajetreado en el que vivimos, cada día, hora y minuto surge una nueva técnica, estrategia, herramienta o filosofía de vida que promete convertirse en nuestra clave para el éxito.

Gurús del tiempo, la salud mental y el mundo de la productividad nos pintan una realidad en la que es posible hacer mil cosas al mismo tiempo sin sucumbir a un colapso físico y mental. Aunque la mayoría de estas técnicas suenan muy bonitas en TED Talks y guías de autoayuda, no siempre funcionan en la vida real.

Un claro ejemplo es el multitasking, una de habilidades más sobrestimadas de la vida moderna.

Prestarle atención a diferentes tareas al mismo tiempo es un superpoder con el que no todos en nuestra generación contamos. De hecho, según especialistas en Ohio, solo el 3% de la población son “supertaskers”, el resto de nosotros pretende serlo. Porque en nuestra disyuntiva entre creernos multitaskers y ser multitaskers, no hay un intermedio. Lo más probable es que no lo seamos y perdamos tiempo intentándolo.

Y es aquí cuando el verdadero problema comienza: intentarlo cuando no está en nuestro ADN puede hacernos daño.

En el mejor escenario, esto es lo que ocurre:

  • Nos frustramos.
  • Agotamos nuestra capacidad de atención.
  • Baja nuestro coeficiente intelectual (sí, un efecto similar a lo que se esperaría si hubiéramos fumado marihuana o pasado la noche sin dormir)
  • Perdemos energía.
  • Podemos desgastar la región del cerebro responsable de la empatía y el control cognitivo y emocional.
  • No nos concentramos = no hacemos nada.
  • Nos quejamos y seguimos sin hacer nada.

“Cuando las personas creen que están haciendo multitasking, lo que en verdad están haciendo es cambiar de una tarea a otra de manera muy rápida. Y en cada ocasión que esto sucede hay un costo cognitivo” -Earl Miller, neurocientífico del MIT (Massachusetts Institute of Technology)

En pocas palabras, nuestro cerebro está diseñado para dedicarse a una sola tarea. No más, no menos. Así que al forzarlo, demanda la misma cantidad de energía que le dedicamos a una sola tarea, pero con varias al mismo tiempo, y terminamos cansándonos más rápido.

A nivel fisiológico, drenamos el cerebro de glucosa oxigenada, que es la que nos permite enfocarnos. Como efecto secundario, es más difícil para nosotros cambiar de tareas, pero igualmente creamos la ilusión de que lo estamos haciendo.

Sin capacidad para concentrarnos y luchando con nuestro desempeño en las diferentes asignaciones, pronto nuestra obra teatral pierde sentido y el cortisol nos recuerda que fingirlo no lo hace una realidad, por lo tanto, terminamos estresados.

Todo esto sucede porque intentas enviar un correo, hablar con una amiga y resolver el mundo al mismo tiempo.

Aunque no todo está perdido, para el resto de los mortales existen sistemas de tiempo mucho más amigables y compatibles con nuestra naturaleza no-multitasker. Mientras tanto, vamos a dejarle el mito de la multifuncionalidad a personas con dotes místicos y poderes sobrenaturales.