Las crisis deberían estar estipuladas en las leyes laborales

Un estudio que me acabo de inventar respalda que la mayoría de las sorpresas que se llevan las personas involucradas en rupturas laborales actualmente se deben a la incomunicación. En parte porque, en la mayoría de los casos, el empleado llevaba semanas o meses renunciando a su puesto de trabajo, pero en su mente. Y ya que me encanta resaltar lo obvio: si una renuncia es repentina, es porque no existía una buena comunicación que amortiguara el golpe.

Para hacer esta afirmación con menuda ligereza, solamente estoy tomando en cuenta mi experiencia y la de dos compañeras de trabajo con las que probablemente crucé palabras un total de tres veces como máximo.

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Supongamos que todo iba excelente en tu trabajo: las entregas, asignaciones, reuniones y todo lo relacionado al ambiente laboral estaba en regla. He ahí la sorpresa de tu jefe cuando se enteró de que, para dejar todo en orden, sacrificabas horas de sueño, tu vida social y tu bienestar libre de cafeína.

La cuestión con las renuncias poco esperadas es que muchas veces son motivadas por pensamientos que solo tú conoces o de los cuales está enterado todo el mundo menos tu jefe. Por esa razón, tu descontento lo agarra por sorpresa puesto que, en su cabeza, tu mundo laboral era perfecto.

Y eso, amiga mía, no es su culpa; es tu culpa.

De hecho, los jefes por naturaleza no disfrutan que sufras (al menos los buenos jefes y esos que les dejan el sufrimiento solo a los pasantes); así que no se les cruza por la cabeza que cada día de tu vida en la oficina es una agonía perpetua.

Por ende, cuando todo va bien hasta que deslizas una carta de renuncia en su escritorio y corres antes de que la bomba explote o, peor aún, mandas un mensajito y desapareces de la faz de la Tierra, es obvio que su sorpresa no se va a canalizar con amor, comprensión y cariño.

Tal como mencionamos, es una bomba y cae muy mal.

Esto no quiere decir que debas ignorar tu crisis laboral, existencial o inconformidad solo para que tu jefe no se sorprenda. Más bien, puedes tener todas las introspecciones y conflictos emocionales que quieras, pero al menos una señal a tu jefe puede hacer la diferencia. No hay necesidad de dejarlo en las nebulosas creyendo que todo está bien. Sobre todo porque si no disfruta verte sufrir, en realidad hará un esfuerzo para encontrar una solución para que no sigas pasando un mal rato, ya sea buscando una alternativa que alivie tus preocupaciones laborales o estableciendo un nuevo método que los beneficie a ambos.

Si aprecias y quieres mantener tu reputación, todavía tienes chance de no c*garla. Antes de lanzar una bomba, comunica cómo te sientes, qué te preocupa o te desmotiva en tu espacio de trabajo. Contextualiza a tu jefe y si no funciona, al menos él no tendrá una excusa válida para hablar mal de ti, además de decir que te acababas todo el café de la oficina.

Quién sabe, capaz ni tengas que renunciar para solventar tu crisis laboral.