Cuando me di cuenta que no tenía ninguno

Hola grupo, mi nombre es Cindy González. Llevo tres semanas, dos días y doce horas sobria de trabajo a deshoras. Aunque es mi responsabilidad admitir que hace una semana respondí un correo laboral un domingo a las dos de la tarde.

“¡Te entendemos Cindy!” -rezan todas las almas freelancers (y no freelancers) desesperadas del mundo.

Aunque en mi cabeza este preámbulo con un coro de freelancers frustrados sonaba más audaz e ingenioso de lo que realmente se ve aquí, fabricar una introducción dinámica parecía la mejor manera de ejemplificar mi lucha por los derechos de cualquier trabajador que está un viernes a las ocho de la noche cuestionándose su salud mental mientras realiza una presentación para su reunión del lunes.

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Por mucho que en realidad salió como una escena fallida en la que yo, una Cindy sin dormir, con un café en la mano, una pinza de peluquería y ojeras más oscuras que la noche, abro los ojos con un tic nervioso y muevo las manos frenéticamente mientras doy mi testimonio con el fin de asustar a niñas pequeñas que sueñan con ser escritoras, policías y médicos.

La situación descrita anteriormente está más cerca de la realidad de lo que me gustaría admitir; pido disculpas con antelación.

Pero ese no es el tema. La cuestión aquí es que, en los escasos dos y pico de años que llevo intentando formar parte de la masa laboral del mundo, he cometido ciertos errores.

Muchos, si soy sincera.

Pero el que más me ha costado enmendar en mi trágica vida como empleada, ha sido el trabajar a cualquier hora, en cualquier lugar y como sea.

A mitad de un café con mis amigas, justo antes de salir a una rumba, un domingo por la mañana, o en el peor de los casos, un viernes a las 7:00PM, y hasta en plena reunión familiar. No importa la situación o el horario, todo lo que ocurría cuando tenía en frente de mi una laptop o un celular inteligente, era desconocido para las personas a mi alrededor.

Podía estar con una amiga hablando de los temas más delicados e importantes, mientras detrás de la pantalla estaba preparando una investigación de periodismo digna de un trabajo de grado. Solo necesitaba conexión a Internet para permitirme desdibujar los límites entre la vida personal y la laboral.

Y eso, como un arte del multitasking, no me parecía una mala habilidad.

Al contrario, me enorgullecía de poder trabajar, comer, hablar, lavar, planchar y sacar una tesis de grado al mismo tiempo.

Hasta que me di cuenta que dormir era necesario, comer sin preocuparme por nada más que masticar en realidad era bueno y no poner mis neuronas a trabajar de sábado a domingo era lo más justo para mi salud física y emocional.

Y es como me presento, ante ustedes, como una sobreviviente del fenómeno workaholic.

Con mis escasas tres semanas de desintoxicación, hago esfuerzos para salir del trabajo a las 5:00PM, cierro mi santa maría metafórica los fines de semana y no me martirizo por asuntos que realmente puedo resolver un lunes en la mañana.

Además, cuando no es necesario, no adelanto el trabajo de las próximas semanas y me preocupo por sobrevivir un día a la vez. Dejando a un lado los violines y la música melancólica, he aprendido que tengo que respetar mis espacios dentro y fuera del trabajo.

Por más que mi escritorio es una cama y mi horario no es estricto; hay líneas que tienen que ser trazadas.

De lo contrario, podemos invocar a la Cindy de ojos saltones y dos días sin dormir para asustarnos y obligarnos a no trabajar los sábados en plena reunión con tus amigas.

De nada.