Esto fue más como #YoNoPeroEllaSí

El Miss Venezuela, la última de nuestras instituciones “venerables” -para no sé quién-, bastión de la “venezolanidad”, ha caído en desgracia y llegó a su momento #MeTooor did it?

¿Qué pasó?

Suprimiré mis ganas de redactar esto como si fuese Chepa Candela y te contaré con tanta seriedad como sea posible lo que básicamente fue una pelea de bachillerato de lo que más odio en el mundo: farándula caraqueña.

Todo empezó con una cuenta de Instagram dedicada a hablar de “farándula nacional” y que tristemente tiene 45 mil de seguidores. Hace unas semanas suspendió su publicación usual de “mira a esta tipa que es famosa because of reasons”, para enfocarse en Zoraya Villarreal una ex miss que presuntamente dirigía la Fundación Diego Salazar, una organización presuntamente sin fines de lucro creada por (sorpresa) Diego Salazar para lavar dinero.

A Anarella Bono, presentadora de Televen y amante de las mayúsculas arbitrarias, no le hizo gracia que acusaran a Zoraya. Comentó que le daba “arrechera” que hablaran siempre de ellas cuando en realidad todas son unas “zorras”. Entre las acusadas de prostituirse y enchufarse que nombró Bono, estaba Angie Pérez quien -también con mayúsculas indiscriminadas- le recordó a Bono tres cosas: 1) que su esposo le monta cachos, insinuando que eso de alguna manera la hace a ella culpable de algo, 2) que es tan enchufada como cualquiera porque el tipo (o su ex) es un militar, y 3) que ella misma tiene negocios e inversiones súper shady.

Entre esa pelea de bachillerato llena de insinuaciones sobre las capacidades vaginales de todas las involucradas, empezaron a nombrar a un montón de misses y “celebridades” que supuestamente se han prostituido, o mínimo tenido vínculos con negocios dudosos. Mientras se acusaban de toda clase de guisos, empezaron a salir otros alegatos un poco más sorprendentes para lo puritanos que somos los venezolanos, los de prostitución dentro del Miss Venezuela.

Una serie de artículos tratando el tema le siguieron sospechosamente cerca a las acusaciones de Anarella Bono. El más citado es el del profesor Briceño explicando lo común que era que una miss tuviese un “patrocinante”, pero también está el de Claudia Suárez y su vínculo con la estafa de Diego Salazar. A esto se le suma un reportaje mucho más extenso con supuestas testigos de los tratos sexuales del Miss Venezuela que aseguran que eran figuras dentro de la organización las que vinculaban a las misses con los proveedores.

Para cuando las redes se calmaron, habían salido ya decenas de nombres. Alguien además desenterró su copia del libro de Patricia Velásquez para decir que la ex miss había escrito que tuvo que prostituirse durante su paso por el concurso, Patricia luego negó que eso haya sido lo que escribió. Luego otra ex miss, Vivian Sleiman confesó que a ella le habían hecho insinuaciones raras con respecto a patrocinantes, seguida por Mumu Reggio, quien básicamente dijo que era un secreto a voces. Después Gabriela Isler insinuó lo mismo.

Finalmente el Miss Venezuela cerró temporalmente para investigar su vínculo con todos estos casos.

Bueno, pero bien, ¿no?

Más o menos.

Un par de personas han comparado esto con Time’s Up y #MeToo. Básicamente porque se ha derrumbado una institución importante que durante años se benefició de la explotación sexual de miles de mujeres. Y sí, es genial que haya caído bajo su propio peso, pero eso no es exactamente lo que está pasando. Todo este momento ha sido más como un ejercicio de slut shaming disfrazado de justicia moral.

Desde el primer momento, lo que se ha dicho en redes es que son unas “perras, putas, prostitutas”. Es decir, la responsabilidad cae firmemente sobre las misses. Quedan completamente limpias la institución que apoyaba los favores sexuales a cambio de vestidos, y la sociedad que alienta a miles de niñas a aspirar a ser miss en vez de ir a una universidad.

Concursar en el Miss Venezuela te cuesta más o menos lo mismo que pagarte una carrera en Madrid (solo la universidad, no la vivienda ni la comida). No es nada barato ni accesible para la venezolana promedio. Una niña clase media sin acceso a $30.000 que quiera concursar tiene que conseguir patrocinadores, que inocentemente puede ser un diseñador dispuesto a hacer tratos de sponsorship o puede ser un sucio que le regala un vestido a cambio de que se acueste con él. Claro que en teoría la niña puede elegir no irse con el sucio, pero si la institución te empuja sutilmente a escoger al cerdo sucio o fracasar por siempre, ya no es tan libre de elegir. Y sí, pues, es solo un concurso de belleza “podría decir que no”, pero las niñas que van a los castings del Miss Venezuela no lo ven así, han estado pensando en esa corona toda la vida y les han inculcado un amor incoherente por el certamen y la belleza de la mujer venezolana. Ahí ya no es tan fácil decir que no.

El Miss Venezuela, como institución, ha salido más o menos ileso. Las misses que han salido a hablar, en su mayoría, lo defienden diciendo que aún así agradecen haber pasado por ahí. Todas han dicho “a mí me lo ofrecieron, pero yo me negué”, perpetuando la idea de que era así de fácil decir que no. Al final, todo queda en “son esas putas que dijeron que sí y destruyeron lo poco que quedaba de Venezuela”, y terminamos en exactamente el mismo slut shaming del principio.

Lejos de ser un momento de crecimiento, fue una excusa para que unas cuantas personas midieran quién de ellas es más enchufada que la otra. A diferencia de #MeToo y Weinstein, aquí muy pocos parecen haber entendido que el problema es el Miss Venezuela, el culto que se hizo alrededor de la institución, y la utilización del cuerpo de estas niñas como la moneda oficial para poder pagar vestidos y tacones.