Anthony Bourdain muere - The Amaranta
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"Yo cuando crezca quiero ser Anthony Bourdain".

Esa era mi frase predilecta cuando alguien preguntaba dónde me veía en cinco años. También era mi respuesta cuando la predicción se extendía cinco años más o cuando me preguntaban qué me veía haciendo de vieja, cúal era mi gran aspiración, si pensaba casarme o dónde quería vivir mis años dorados.

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El trabajo de mis sueños siempre fue escribir, comer y viajar. No como una bonita blogger con fotos orquestradas, lo quería hacer como él, entre locales, comida callejera y haciendo comentarios impertinentes cuando la situación lo exigiera.

Por eso desde un punto muy personal, sé que comparto con muchas personas la sorpresa lamentable que es enterarnos que ayer, a la edad de 61 años el rockstar de la comida fue encontrado sin vida en una habitación de hotel en Francia.

Bourdain fue hallado por su gran amigo, el chef Eric Ripert, el viernes en la mañana. Lo más impresionante de la noticia es la confirmación de la causa de muerte por suicidio.

“M*erda, pero si era de los tipos más contentos del mundo” se pregunta todo el universo mientras contempla la siempre ascendente carrera de Bourdain.

Un estrellato tardío que le llegó a los 44 años luego de la publicación de un libro de memorias lanzado en el año 2000 y titulado Kitchen Confidential.

Dos Emmys y un Peabody confirman la devoción de una generación entera de chefs y fanáticos de la comida que hoy perciben el mundo culinario por el lente de un tipo grosero, oportuno y sobre todo un excelente cuenta cuentos.

Con Kitchen Confidential expuso el lado oscuro, exigente, lleno de drogas y jerarquías que se vive detrás de las mesas de los comensales. Mostró al mundo un universo de chefs que se parten las manos y el alma bajo el fogón de una ornilla.

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Desde entonces, a través de Anthony Bourdain: No Reservations con The Travel Channel y Parts Unknown con CNN ha llevado a las casas de todo el mundo cultura, cinismo y experiencias.

Odioso por excelencia de todo lo prefabricado y empaquetado al vacío, Anthony Bourdain era esa persona que te iba a meter un izquierdazo si te veía en un tour en la torre Eiffel comiéndote un helado de McDonald’s o escuchando ABBA. Probablemente te hubiese cacheteado de saber que te gusta ABBA.

Un pasado tumultoso con las drogas y el afán por el rock se notaban en su actitud irreverente y aspecto de mecánico medio bañado. Sin embargo, el espectáculo de Bourdain recaía en su forma de contar lo que veía y su nuevo punto de vista sobre la manera de viajar.

Si hay algo que una niña de diez años puede aprender viendo televisión con este tipo es que la mejor comida se esconde en mercados locales y en puestos de comida ambulante a altas horas de la noche. Que la mejor forma de conocer una cultura es a través de su comida, su preparación y la gente que la hace. Que mientras más viajas y más conoces, menos sabes pero más aprecias. Te hacía entender que en el mundo, la gente humilde es casi siempre la que más comparte y mejor enseña. Que el mundo es grande y complicado, pero vale la pena tratar de entenderlo y sobre todo comer en él.

Bourdain hacía las cosas como los locales: si ellos echan picante, Tony ardía; si el plan era caerse a cervezas, la próxima escena era de un muy resacado ancla y si nada interesante sucedía en el pueblo, pues se le veía más aburrido que vigilante sin saldo.

La magia de sus historias estaba en la verdad pura y cruda de los relatos. Muchas veces siendo el abogado de la opinión no popular, le dio voz a muchas personas que sentían lo mismo o que como él odian Dancing Queen.

Al principio del artículo dije que mi respuesta predilecta sobre el futuro era ser como Anthony Bourdain, pues en tono cursi de fanática dolida me corrijo y digo que sigue siendo lo que aspiro ser.

Ojalá dónde esté no suenen grupos suecos de disco y tenga un poco de paz.