Cómo crecí a ser feminista - The Amaranta
Eventualmente tenía que decirlo.

“Podrías ser hasta presidenta María Teresa, lástima que lo que quieres ser es ama de casa”. Recuerdo estas palabras como si me las hubieran dicho ayer. Había recién terminado de hacer una exposición sobre el reciclaje en 3er año de bachillerato y la profesora que más adoraba y temía expresó la frase que nunca olvidaría. Recuerdo pensar “yo sí quiero ser presidenta, ¿por qué esta mujer piensa lo contrario”. Pero el feminismo no existía en el vocabulario de mis amigas en ese entonces. Las conversaciones trataban sobre la cantidad de hijos que queríamos tener y la edad en que nos íbamos a casar (cuando no criticábamos a las desafortunadas que fueron vistas dándose besos o rascadas en una fiesta).

Mi película de Disney preferida es Mulán. Nunca indagué mucho al respecto, era simplemente la única caricatura con la que me sentía reflejada. No me gustaban las princesas. La Cenicienta me parecía aburrida, Blanca Nieves ridícula, Aurora inconsciente y Ariel loca por renunciar su vida bajo el mar por tener un par de pies y un príncipe insoportable.

Siempre atribuí mis gustos al hecho de que era “marimacha”.

No recuerdo jugar con Barbies, y todavía puedo saborear el disgusto que tuve cuando mi mamá me trajo una American Girl a los 10 años. “Pareciera que no me conoces” le dije. Estaba indignada. ¿Qué iba a hacer yo con una muñeca? Prefería subir árboles, jugar baseball con mis primos y ver Dragonball con mi hermano. Sí, no fui la niña más cuchi ni la más linda. Lloraba cada vez que me ponían un vestido.

Pero, ¿por qué debía hacer todas las cosas que hacían las “niñas normales”? Me gustaba jugar cartas, yaquis y el “escondite” como cualquier otra persona de mi edad. Simplemente no quería ponerme un vestido pomposo para ir a una piñata porque me incomodaba saltar en la colchoneta y que se me vieran las pantaletas. No vi nunca lo malo de eso.

Pero crecí, aprendí a hacer las cosas que las otras niñas hacían y poco a poco fui queriendo arreglarme, verme bonita, ir a fiestas y hacer todo lo que hacían las adolescentes. Disfruté esa parte de mi vida también. Pero ni las faldas que usaba ni el maquillaje que cargaba me cambiaron. Si no podía rebelarme ante “las actividades que hacían las niñas chiquitas”, encontraría algo más para escandalizar a mi madre.

Después de una larga e insoportable etapa de mi vida en donde viví acomplejada por mi peso, estresada por saber si me invitarían a las fiestas de los fines de semana y durmiendo durante todas mis clases del colegio, entré a una etapa que llamaré: “soy demasiado independiente y nadie me puede decir qué hacer o no en mi vida”. Claro, porque la independencia es posible a los 16.

Una etapa conflictiva, pero admito que muy divertida y necesaria. Me rebelé ante mis amigas que se burlaban de mis hábitos de lectura, comencé a llenar mis días con películas que mi mamá nunca aprobaría, porque “Uno no debería ver cosas feas. Yo nunca vi la Naranja Mecánica”. Y entre las peleas con mi familia y la intensidad ante la vida comencé a soñar. “Quiero hacer algo increíble con mi vida”.

Mi carrera en piano había fracasado (sí, toqué piano por 10 años de mi vida unas 4 horas diarias), el colegio me daba flojera (aunque sacaba buenas notas con facilidad), mis tardes las pasaba con mis amigas y nada de lo que veía o escuchaba en mi entorno me inspiraba mucho. Pero esas palabras que escuché de mi profesora en el salón de clase en 3er año me retumbaban. Yo no quería ser ama de casa. Aunque era lo familiar y veía a muchas madres contentas con su sedentarismo, decidí que no sería lo mío.

Fastforward al 2016. (No necesitan más detalles de mi adolescencia intensa)

Por primera vez me atreví a decir esa palabra horrible que tanto mi hermano como los demás hombres (y muchas mujeres) detestan. Dije, abiertamente frente un grupo de hombres, que conocía solo en el entorno de fiestas, lo que soy y creo haber sido toda mi vida: feminista. Recibí reacciones divertidas. Algunos rieron, otros me vieron escandalizados y uno, muy inocente y amablemente me preguntó qué significaba para mi ser feminista. Si no logré responderle bien a esa persona en el momento, me tomo el gusto de hacerlo ahorita frente a las personas que me leen: No soy feminista porque creo que los hombres y mujeres son iguales, sino porque observo como existen perfiles en las sociedades que intentan impulsar a que los sexos cumplan funciones específicas.

Decir que eres feminista es como llevar un cartel que dice “Save the Whales” hoy en día. Un tanto intenso (al igual que cualquier otra campaña), pero no cambia absolutamente nada. Sigo siendo la misma que fui hace un año. Simplemente digo en voz alta lo que muchas otras no se atreven expresar. No significa que odio a los hombres, ni me gusta salir con las piernas peludas, ni tampoco que soy lesbiana. Al contrario, me gusta arreglarme y verme bonita; disfruto de una buena película romántica aunque mi director preferido sea Tarantino; me gustaría algún día ser madre; y hasta me gusta que me inviten a cenar, siempre y cuando me dejen invitar la comida otro día.

No veo escándalo. El rechazo a las mujeres que dicen ser feministas ha llegado a tal nivel que recientemente un amigo me dijo que “ha tenido malas experiencias con las feministas”, porque alega que ni las más feministas realmente quieren ser tratadas iguales que los hombres. Y es que repito, las mujeres y los hombres no son iguales. Hay una gran diferencia en querer “igualdad en las condiciones sociales, laborales y políticas” y creer que una mujer debería calarse los comentarios y las acciones que no les gusta solo porque “dicen ser iguales a los hombres”. No.

Ningún hombre debería ser irrespetado con excusas como “ahómbrate, ¿vas a llorar?”, al igual que una mujer no debe que ser maltratada con la excusa de que quiere igualdad entre los sexos. Porque la palabra “feminismo” no es un grito a que le den derechos a las mujeres, sino que el mundo entero tenga los mismos. Hombres y mujeres alrededor del mundo, en donde ningún sexo esté subordinado a cumplir las funciones que la sociedad dice que deben. Libertad ante los gustos, las aspiraciones y acciones de ambos géneros en donde un hombre no sienta la presión de tener que ser el único proveedor de su familia, y que una mujer pueda trabajar en lo que sea sin ser titulada “bitchy” cuando está en una posición de poder.

Realmente, espero que la palabra feminismo se elimine de nuestros vocabularios. Que dejemos de pelear por el sexo femenino y comencemos a visionar un mundo en donde peleemos por la igualdad de todas las personas. Dejemos de darle una connotación negativa a las mujeres que luchan por ser mejores. 

¿Quieres ser increíble? join the team y no le temas más a una palabra. 

Atentamente, 

Su editora.