La juventud venezolana que estudia, trabaja, rumbea y traga gas.

Andrés, un niño de 18, está cursando su último año de bachillerato. Su actividad favorita es salir a rumbear, el colegio es la menor de sus preocupaciones y lo más que entiende sobre los problemas económicos en Venezuela es que antes el salario de sus papás no se acababa en la comida.

Un domingo por la mañana, Andrés llegó a su casa con los ojos cruzados de la borrachera después de una jornada larguísima de fiesta durante todo el fin de semana. Despertó a su mamá, le dio un beso con aliento a ron y a ella se le pasó por la cabeza: “Definitivamente muchacho no es gente”.

Julio, un joven de 21 años, estudia en la Universidad Metropolitana. En vez de repasar para sus materias pendientes se la pasa hablando con su círculo social dentro de la universidad, su salario se le va en botellas de ron para los fines de semana, y detesta al gobierno como todo el mundo.

Sus papás se molestan con él porque no tiene ningún tipo de interés en buscar becas y programas de estudio en el exterior, donde tendría un mejor futuro. Los padres concluyen la discusión pensando: “Definitivamente muchacho no es gente”.

Corina e Isabella, hermanas de 9 y 11 años, estudian en un colegio de Caracas. Repiten con sus amigas todo lo que dicen sus padres en casa, no entienden por qué actualmente faltan tanto al colegio y una de las decisiones más importantes de su día a día es qué le van a poner a su muñeca.

Una tarde en una librería, Corina e Isabella le lloraban a su mamá porque querían unos cuadernos nuevos y ella les dijo que no. Entre llantos y gritos, una señora les pasó por al lado y en su mente apareció la frase: “Definitivamente muchacho no es gente”.

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Desde el 23 de enero que se retomaron las protestas para exigir el cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres, Andrés decidió seguir siendo parte de un grupo universitario que sale a manifestar; incluyendo así en su calendario de rumba, el horario del día para salir a manifestarse en las calles. Tragó gas, devolvió bombas, lanzó molotovs y se protegió con peto y escudo, hasta que hace un par de semanas, en una de las manifestaciones, le dispararon un perdigón en el lente de la máscara poniendo en riesgo la funcionalidad de uno de sus ojos.

Julio, por otra parte, marchaba con sus amigos regularmente. Poco a poco fue adquiriendo el equipo de protección para ir más seguro y con menos miedo. También tragó gas y formó parte de la resistencia hasta que hace unas semanas, en una manifestación, corriendo del caos se separó del grupo y por mala leche terminó detenido por la Guardia Nacional Bolivariana.

Mientras sus padres marchan, Corina e Isabella se quedan en casa con la abuela. Los días que van al colegio critican a un señor gordo y feo que se llama Maduro u que ha sido el culpabl, y hace unos días antes de dormir, le comentaron a su mamá: “Mami vamos a rezar un rosario por Venezuela”.

Andrés, como cualquier otro venezolano, ha podido quedarse de brazos cruzados en su casa, viendo televisión y aprovechando que las clases están suspendidas. Actualmente sí tiene que quedarse en su casa porque la recuperación del ojo que casi pierde, implica dos años y una serie de operaciones.

Julio también ha podido ser indiferente y concluir que las marchas no sirven para nada, pero en cambio hoy sigue saliendo a la calle para apoyar al presidente Juan Guaidó, a pesar de haber pasado por el terror de dormir unos días en una cárcel venezolana, sabiendo que el costo fue bastante alto y no precisamente en bolívares.

Corina e Isabella, niñas al fin y al cabo, saben que algo está pasando. Quizás no al nivel de violencia y terror que implica la realidad, pero sí les duele la frustración de sus padres y el luto de Venezuela.

Estas tres historias representan a una mayoría de jóvenes en Venezuela. Muchachos que tienen 20 años de dictadura como referencia política nacional, que asumen las consecuencias de un régimen corrupto a pesar de no merecerlas, y que salen a la calle para defender a capa y espada -literalmente- el futuro que quieren en su país.

Así sea en la calle, repartiendo comida e insumos, haciendo escudos, dictando foros en las universidades o rezando por Venezuela, los jóvenes sentimos cierta responsabilidad en lo que está pasando y en lo que viene, porque es a nosotros quienes nos toca enfrentar la cara más destrozada del país si esto continua, o recibirla y sanarla si esto se acaba.

Al decir “Muchacho no es gente” se descalifica a una población que arriesga la vida, que actualmente viven sus años de juventud con limitaciones no merecidas, y que es aplaudida por una multitud mientras camina enmascarada por las principales autopistas del país hacia la represión.

Sin asumir que los jóvenes tienen mayor o menor papel en toda esta película, considero que su participación en esta guerra es inconsciente y necesaria. Inconsciente porque a diferencia de años anteriores y después de tantos días de protesta los jóvenes se siguen manifestando, y necesaria porque sin representar a ningún partido político, toman conciencia de que su contribución es esencial para el futuro que se quiere en Venezuela.

Siendo jóvenes o no, hay que pensar en el luto de las familias de los caídos, en las consecuencias que asumen los heridos o detenidos y en las condiciones precarias que vive casi todo el país. Si nos duele, tomemos acción y participación en lo que está pasando, y si no, por lo menos evita el “Muchacho no es gente” para desacreditar a quienes mueren en la calle por la indiferencia que opaca tu futuro.

Cito a mi amiga Loly: “¿Muchacho no es gente? Si es así ¿qué c*ño significa gente?”

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