Crónica de la manifestación del 26 de octubre en Caracas

Fotografía: Reuters

Son las 5:45 a.m. cuando me despierta el sonido de la alarma de mi teléfono. Quise abrir los ojos a esa hora porque cuando hay marcha, la ansiedad no me deja estar tranquila. Al ver que todo seguía oscuro y no había movimiento en las redes, me prometí dormir un poco más.

Son las 7:00 y mi cabeza se encuentra a millón, llena de pensamientos. Por instinto vuelvo a revisar si hay algún mensaje importante en la pantalla; al formar parte del Centro de Estudiantes de tu Universidad, estos días suelen estar llenos de información. En efecto, no soy la única que sufre de estrés antes de las marchas. Muchos con mensajes de esperanza, otros avisando donde se encontraban. Al prender el televisor de la cocina para desayunar busco CNN, el canal preferido de los venezolanos en tiempos de concentraciones. Espero las declaraciones de la periodista Osmary Hernández, que se ha convertido en un una figura pública con mayor relevancia que muchos políticos. No tardé mucho en vestirme, zapatos cómodos, la típica gorra tricolor, la camisa verde de la Universidad Monteávila y unos jeans. Antes de salir, compartí mis datos al grupo de mi salón, ya otra costumbre por seguridad.

Salimos de mi casa a eso de las 10, mi familia, vecina y yo. Ya sabemos que cada quien tiene su grupo armado con el que se va a todas partes. Poco a poco nos fuimos acercando a Caurimare. En el camino, se encontraban dos señoras mayores con sus banderas y caras sonrientes, transmitían energía con solo verlas. Abrazarlas fue casi una obligación, lo cual hice. La bulla de los pitos y cornetas comenzaban a resonar en lo alto de los edificios, un ambiente no apto para principiantes, aunque esta vez no sé por qué sentí una reacción distinta del venezolano. La gente hablaba pero al mismo tiempo los sentía callados, diferentes.

Mi hermano y yo, siempre adelante con un paso firme y acelerado no pudimos escapar de la idea de irnos del país, temas que van y vienen, se quedan en el aire entre la gente. A lo lejos se podía observar un grupo de gente, con banderas y camisas con un intenso blanco. Al mirar hacia el frente intentado esquivar a las personas para llegar, no fue hasta antes de cruzar que en el suelo pude ver a tres bachaqueros. Bolsos medianos para guardar los productos o comida, ropa cómoda para aguantar horas de cola y una mirada fija en el Centro Comercial Caurimare. Fue interesante vivir ese contraste de vestimenta y presencia entre los manifestantes y los bachaqueros. Ninguno de los dos decidió verse, siquiera reconocer la presencia del otro. Pensaba en mi cabeza, ¿dos Venezuelas distintas quizás? Claro, con una misma necesidad.

El característico comentario “¿A qué hora vamos a salir?” encajó perfecto para dar comienzo a nuestro recorrido. Con una presencia fulminante, Voluntad Popular junto con el alcalde del Hatillo, David Smolansky nos respondieron. Una consigna después con un “SÍ SE PUEDE” poderoso, ya nos estábamos moviendo. Repetí a mi misma, años acostumbrada al ambiente que se vive aquí y todavía me emociona.

Vista desde el Cafetal, Caracas

Vista desde el Cafetal, Caracas

Todo iba bien, no me podía quejar hasta que vi a dos personas parar para tomarse un selfie con un iPhone. Rogaba que no hicieran la típica pose de la señal de la paz, el gesto de sorpresa o presumir de su vestimenta. ¿Estás pensando en farandulear y postear esas fotos en tus redes para qué fin? ¡Reacciona! Ese era el argumento perfecto, pensé en atreverme a decirlo aunque no quería montar un espectáculo.

La Carlota era nuestro punto final, para llegar allí había que caminar bastante. Miraba a mi alrededor, callada por ratos. Absorbiendo lo que la calle tenía que decir. Ropas distintas con diseños de protestas de épocas pasadas, gorras de los equipos nacionales, edades que variaron, y distintas opiniones de cómo acabar con el gobierno. Unos quieren llegar hasta Miraflores, a otros no les gusto la decisión de Chúo Torrealba y por último los que exigen el Revocatorio ya.

Durante mi vida, he tenido la oportunidad de asistir a muchísimas marchas, como comenté antes, algo no era igual en esta. Pudo haber sido el sol que estaba pegando o que la paciencia del pueblo llegó hasta un punto que comenzaron a notar lo delicada que estaba la situación. No había fuerza para gritar consignas, escuchabas los pasos en el pavimento o un ruido distante, hasta ahí. A veces una que otra conversación, solo eso. Trataba de analizarlo, llegar a una respuesta clara.

Si caminas, te mantienes distraído pensando a tus adentros, ¿no será que hoy los venezolanos cayeron en cuenta del papel que tienen que cumplir? En serio, parecía un fenómeno extraño. Un comportamiento fuera de lo común, el nacimiento de una visión diferente.

Una visión que causó que hombres y mujeres se acercaran a la gran reja negra de la Base Aérea Generalísimo Francisco de Miranda, conocida por ser territorio chavista. Dos militares, escuchaban y veían a todo el que se les acercara, sin embargo, sin estar presentes. No prestaban atención, y por sus caras y por su expresión corporal, se podía mirar directamente a sus ojos sin encontrar una respuesta. El miedo se perdió con la siguiente frase: “FUERA LA DICTADURA, SON UNOS COBARDES” dejando el pulmón afuera.

Nos percatamos de la marea de gente en toda la autopista Francisco Fajardo, era extensa y aún así sus largos kilómetros no impidieron la masiva asistencia. Nos apartamos a un lado, cerca de la reja negra, caminando sobre la hierba. Como si nada, observamos a una mujer parada en una roca sosteniendo su bandera con firmeza. Camisa blanca, jeans y zapatos de goma, tenía que ser una figura política. Acerté. Por supuesto, sin darme cuenta ya había sacado mi teléfono para comenzar a grabar y tomar fotos. María Corina Machado estaba muy expuesta con solo unos pocos miembros de su partido que estaban vestidos con una camisa azul con la frase en el centro “Vente”. Lo primero que vi fue un megáfono y el entusiasmo de las personas alrededor. Estaba ocurriendo algo no antes visto por mis ojos, estaba invitando a cualquiera que se llene de valor a hablar. No les miento si les digo que me costó creerlo, un espacio para que el pueblo sea el que hable, no los políticos.

Esa hora ahí parada me dejó una marca para toda la vida. Se acostumbra oír a los sabios y a los mayores, pero esta vez fue todo lo contrario. Subieron a hablar niños de 14 y 15 años. Molestos y preocupados por la tensión que se vive, señalando cada error que ha cometido el gobierno. Implorando un cambio y una lucha. A cualquiera se le paran los pelos o se emociona. Son solo unos niños con cuerpos pequeños apenas, acompañados de sus padres. Los estudiantes de la UCV (Universidad Central de Venezuela) y la USM (Universidad Santa María) demostraron por qué los estudiantes en estos momentos, son nuestra mayor representación. El megáfono se quedó corto con sus discursos. No podía estar más orgullosa del Movimiento Estudiantil, ver a mis compañeros expresarse correctamente y estar presentes me recordó al 12 de febrero de 2014. Se imaginarán que fue como una película, las imágenes pasaban por mi cabeza. Y ahí estaban, dándome una lección a mí y a miles que los escuchaban con esperanza.

María Corina veía a todas partes, saludando y haciendo señas dando a entender si querías hablar. Estaba consciente de que al estar al frente con mi hermano, en cualquier momento nos iba a ver entre la gente. Así ocurrió, saludándome con una sonrisa y proseguir con la pregunta decidí que no era mi momento de brillar, sino el de mi hermano. Señale a mi lado y le susurré que era buen orador. Roberto, mi hermano, no dudó un segundo y se acercó a esperar su turno.

En el momento me pareció conveniente darle mi turno, ¿por qué no? Si yo ya me estoy expresando con ustedes, había que darle su momento. Su generación es la que puede terminar de dar empuje, de dar fuerza al pueblo venezolano. Ese niño de 16 años, fue directo al grano con lo que quería decir. Las lágrimas en mis mejillas avisaban su llegada, fue aplaudido por sus buenas palabras.

Luego, a petición, cantamos el Himno Nacional. Un momento lleno de emociones mezcladas. Comentarios eran disparados hacia la diputada. “No queremos diálogo María Corina”, “¿cuál es el próximo paso?", “¿qué hay que hacer?” fueron solo algunos cargados de poder.

Ya cuando logramos adentrarnos en la marea de gente, donde no cabía un alma más, era hora de irnos. En un punto, la UMA (Universidad Monteávila) y la UCAB (Universidad Católica Andrés Bello) con sus pancartas me hicieron ver que estamos haciendo un trabajo impecable. Hasta abrieron paso para ayudar a una periodista llegar a una ambulancia. Constantemente los primeros en actuar somos los estudiantes, no tenemos miedo a nada. Es que se puede apreciar en el comportamiento, buscamos la libertad por cualquier vía posible. Todo el trabajo que realizamos, tanto la logística como las comunicaciones se hace sin querer esperar nada a cambio. Se ha demostrado infinidad de veces, sin embargo, llenan a toda Venezuela de inspiración y fuerzas.

Continuando con mi experiencia entre la multitud, fue toda una hazaña pasar con éxito entre cuerpos muy pegados. Cámaras de televisión por doquier, la tarima y el olor que desprendía el camión que antes llevaba la música al mismo tiempo, fue un poco desesperante. Caminando para volver a mi casa, le puse atención al grupo de personas que también regresaban.

Hablaban de todo menos de la marcha o el país; como siempre, en mi mente trataba de buscar un mejor entendimiento. ¿Será que nos convertimos en esos guerreros sin miedo a nada solo en las manifestaciones? Al regresar nos quitamos la careta y seguimos como si nada hubiese pasado, volviendo a la rutina de criticar y señalar.

La lección que me llevo conmigo es que todo dependerá del mismo pueblo venezolano de cambiar su futuro, hay que dejar a los políticos a un lado y asumir nuestro papel en la Toma de Venezuela.