Cómo las novelas y el cine afectaron mi vida romántica - The Amaranta
Preguntas de una hopeless romantic.

Todo empezó quizás a los 7 u 8 años de edad, cuando mi mamá y yo vimos por primera vez Cenicienta. Apenas Prince Charming apareció en la pantalla, quedé boquiabierta, y ni hablar de cuando bailó con ella. No podía entender por qué todos los niños a mi alrededor se sacaban los mocos y me jalaban el pelo. ¿Por qué?, ¿por qué no podían ser como el príncipe azul?

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Al pasar los años, soñé con ser princesa y vestí una tiara en cada uno de mis cumpleaños. Ariel, Blanca Nieves, Bella, Aurora, fui cada una de ellas. Ahora que lo veo en retrospectiva, me doy cuenta que entre manzanas envenenadas y zapatillas de cristal nació lo que Malcolm Gladwell -el autor de The Tipping Point y Outliers- llamaría mi “tipping point”, que dio cabida a la esperanza de que en algún lugar remoto del mundo, existen hombres así.

7 años. El amor es: Cuando dos personas se aman y harían lo que sea por la otra persona.

Todo lo anterior se empeoró cuando un día, quizás a los 9 años, mi mamá me entregó el primer libro que leí por mi misma, el cual sigue siendo uno de mis favoritos hasta hoy: Orgullo y Prejuicio de Jane Austen. Aunque no entendía por qué Mrs. Bennet llamaba “Mr. Bennet” a su esposo; ni por qué las personas se casaban tan rápido, el libro me hizo entender tres principios que todavía cargo conmigo:

  1. “No” es una oración completa,
  2. Quien te quiera debe quererte como eres,
  3. Los modales atraen.

Después, en mis años de adolescencia, hice una cuarta anotación: el misterio es sexy.

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Está de más decir que toda mujer quiere a un Mr. Darcy, pero ¿qué exactamente tenía además de patillas larguísimas y un ego altísimo? En ese momento no logré entenderlo, pero después noté que Mr. Darcy contaba con las tres cualidades que toda mujer busca en una pareja: misterio, lealtad y un buen corazón.

Tampoco hace daño el hecho de que era dueño de una fortuna, claro.

De la novela de Jane Austen también me llevé el carácter de Lizzy Bennet, quería (y sigo queriendo) ser decidida, fuerte e ingeniosa como ella. Lizzy no era la hermana más bonita, ni la preferida por su madre, ni la primera opción de todos los pretendientes de su familia (ergo, Mr. Bingley, Mr. Collins y Mr. Wickham). De hecho, era ligeramente malhumorada, contestona y a lo que hoy en día nos referimos como “picky”. Pero con todas esas características, todavía llevo a Lizzy en mis comebacks para cualquier hombre engreído en un bar.

Después de mi introducción a Disney y esta película, mi amor por la época victoriana creció y me rodeé de películas como Atonement, Becoming Jane, Young Victoria, Emma, The Other Boleyn Girl. Si habían trajes crinolina y corsets, estaba automáticamente en mi watchlist, y si estaba escrito por Jane Austen, mucho mejor.

Lo que todas estas películas tienen en común eran heroínas fuertes a pesar de las adversidades e incomodidades que su sexo les pudiera traer en su época. Además, aprendí la importancia del anticuado y difunto valor de cortejar a alguien. No significa que esté esperando cartas de amor y búsquedas en carruaje, pero sí reconozco la importancia de hacerse esperar y los gestos detallistas.

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Después de trajes anchos y bailes de salón, mis gustos tomaron un giro al salir Twilight de Stephanie Meyer. Devoré los libros uno tras otro y conté los días para los estrenos de las películas. A mis 10 años de edad esperé ansiosamente por lo que pasaría entre Bella y Edward, me pregunté cómo sería mi vida como vampiro y, aunque Taylor Lautner tuviera mejor six-pack que Robert Pattinson, yo era el frente fanático de #TeamEdward.

Quizás las tendencias jugaron parte en el fanatismo que desarrollé por esta historia ficticia, pero lo cierto es que para mí el amor verdadero era ser capaz de usar una camisa con Edward impreso en mi pecho, y hacerlo con gusto.

Todavía sigo sin entender qué estaba pensando cuando hice eso. So not fashionable.

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Al intentar entender el impacto que causó en mi vida romántica, empecé a pensar, ¿qué me encantaba de Edward? Mientras otras fanáticas morían por su peinado y sonrisa afilada, yo amaba su instinto protector, lealtad, amor incondicional, sus respuestas ingeniosas, el misterio, el peligro de su existencia y la imposibilidad de su relación con Bella.

Claro, su peinado y sonrisa afilada también estaban dentro de mi lista de “Por Qué Me Casaría Con Edward Cullen”.

Después, no pude evitar reconocer el común denominador frente a mi: Aladdin cambió por Jazmin, la Bestia se volvió gentil y carismático por Belle, Mr. Darcy dejó de ser engreído por Elizabeth, y ahora Edward renunció a su naturaleza por Bella.

Además de adiestrarme en dos clichés presentes en los chick flicks: el bad boy y los amores imposibles, Twilight en vez de guiarme a la búsqueda de hombres buenos, me dio esperanzas de que yo los pudiera convertir en ello.

Pausa un momento, tener buena fe es una cosa, pero esperar un cambio de personalidad con la premisa de que el amor lo puede todo es un poco mucho.

12 años. El amor es: Cuando dos personas se quieren, hacen gestos amorosos y son capaces de cambiar por el otro.

Al pasar el Vampire Mania y pocos años después al adentrarme en mi adolescencia, películas como The Proposal, The Last Song, How To Lose a Guy in 10 Days y por supuesto, The Notebook entraron a mi radar de películas de amor. Algunas vi emocionadamente con una mascarilla casera embadurnada en la cara, y otras junto a una caja de Kleenex. Pero soñé con todas y fantaseé con cada uno de los heartthrobs que aparecían en la pantalla. Me familiaricé con el girl code gracias a Alicia Silverstone en Clueless y Rachel McAdams en Mean Girls, y tuve mis primeras lecciones sobre los hombres junto a Ryan Gosling en The Notebook y Zac Efron en The Lucky One. El amor tenía que demostrarse, traspasar los obstáculos que se pusieran en su camino y durar para siempre.

If you’re a bird, I’m a bird”, ¿no?

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15 años. El amor es: Grandes gestos de amor, que te persigan y te halaguen. Constancia y dedicación.

Posteriormente me di cuenta que después de tantas horas frente a la televisión y soñando con todas las escenas cursis que rondaban mi mente ilusa, ni la mitad eran factibles en la vida real.

Damn you, Nicholas Sparks!

Esta realización no afectó mi amor por las películas románticas, pero sí cambió lo que buscaba en ellas. Con nuevos ojos y una perspectiva distinta, me acerqué a películas como Before Sunrise, The Reader y Pretty Woman. Aprendí a diferenciar lo posible de lo ficticio, pero mi tendencia a fantasear y tener esperanza de gestos como los de Mr. Big en Sex & The City me acompañan todavía.

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Aunque mi travesía por las películas de amor tuvo sus altos y bajos, no me arrepiento de mis etapas. Saqué enseñanzas de cada una de ellas. De Disney, me llevo la negación a aceptar tratos injustos; de Pride and Prejudice, la importancia de los gestos detallistas; de los flicks modernos (además del bend and snap de Legally Blonde) saber que la dedicación es un elemento esencial en una relación; y de las películas románticas adultas, que el amor no nace de una sola manera, y que cada pareja construye su sistema.

No sé si esperar estas cosas de una relación nace de mí, o si las películas y novelas de amor me condicionaron para pensar así. Sin embargo, sé que no bajaría ni cambiaría mis estándares por más ilusos o improbables que puedan parecer. No espero carruajes ni gestos de amor insólitos, pero sí he visto lo bueno y quiero algo de ello.

Y ahora… Años después, y una habilidad supernatural para detectar clichés, no sé si las películas románticas sólo me entregaron altos estándares o una maldición disfrazada, pero sé que estoy confundida, ilusionada y completamente clueless.

18 años: El amor es: ¿Quién diablos sabe?

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Esta columna no necesariamente refleja la opinión de The Amaranta y sus dueños.