Ni saben manejar, ni quieren aprender

Últimamente he venido escuchando algo que ha llamado mi atención, hasta el punto de impactarme.

En este siglo, en esta Venezuela, hay mujeres que no quieren manejar. O peor aún: no quieren aprender a hacerlo.

Esto es algo que capaz pasa colado si viviéramos en Europa o en cualquier país que contara con un transporte público decente. ¿Pero aquí? Ni siquiera tenemos Uber. Bueno, ¿qué Uber? Si no hay ni taxis.

Es más, hablando claro, en Valencia no hay transporte.

Cuentas con tus pies, tu carro o una cola. Y no hay nada más fastidioso que pedir una cola.

¿Cómo hacen?, me preguntaron. Pues dependen de sus padres, novios o amigos.

¿Por qué? No sienten la necesidad de manejar. Les da flojera, miedo, y mientras tengan a alguien que lo haga por ellas, mejor.

¿Cuántos años tienen? Entre veinte y cuarenta años.

La verdad, no pretendo venir a criticar a quién no quiere manejar. Cada quien tendrá sus razones. Más bien, vengo a exponer otras razones que podrían hacer que cuestionen el hecho de no hacerlo y quizás motiven a darle vuelta a la situación.

Al no manejar, te toca depender de alguien, y no hay nada peor que depender de alguien. Se pierde tiempo, autonomía e independencia.

En este siglo, con todos los avances que hemos logrado, luchas históricas en pro a los derechos de la mujer, con todas las mujeres exitosas triunfando y siendo ejemplo e inspiración para muchas, que no quieras manejar puede ser considerado un atraso. Eres una mujer del siglo XXI, puedes permitirte a hacer de todo, pero vivir en atraso y en la época provinciana; no.

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Sí, la época provinciana, esa cuando los hombres consideraban que nuestros cerebros no estaban capacitados para acelerar, frenar, usar la palanca y mover el volante. Por ende las mujeres de ese entonces no debían ni podían acercarse al mismo.

Además, dejando el hecho del atraso a nivel de géneros, hay que pensar en lo que pasaría si llegas a tener una emergencia y solo dependes del carro. No vas a poder resolver hasta que llegue un tercero que pueda y quiera hacerte la vuelta.

De paso, tienes cero privacidad. Dependes de alguien que sabe dónde estás y qué estás haciendo todo el día. Y no es cuestión de ser misteriosas, pero qué fastidio que todo el mundo sepa siempre tus coordenadas porque te están dejando por ahí o te tienen que buscar por tal lugar. 

Es un carro, no un avión ni un cohete. Si señores de la tercera edad, bastante chochos, todavía manejan, ¿cómo tú, en plena juventud no vas a poder hacerlo? 

Actívate, pide que te enseñen o paga tu autoescuela de manejo. En este siglo no podemos permitir que sigas viviendo como lo hacían en los 1600. 

Sí, probablemente le vas a dar un toquecito al carro, a dejar un rayón a la puerta o un raspón al caucho. Y bueno, hasta puede salir volando tu rin después de caer en un hueco. Pero eso nos pasa a todos, nadie se salva de los cráteres lunares, digo, huecos, que hay en absolutamente todas las calles. 

Luego agradecerás tu independencia y te arrepentirás del tiempo que perdiste pensando que no podrías coordinar el volante con el freno y la palanca de velocidades.