Seremos las heroínas de nuestra historia, pero no en todas las demás

Más que sobrevivir, se trata de un complicado proceso en el que lo asumes: fuiste una desgraciada.

Nos pasa en la oficina, con nuestras amigas y a veces, sin querer, en nuestras relaciones amorosas. Y esta última es la que más drama causa. Porque nos encontramos en esa edad particular en la que vamos acumulando una serie de experiencias que están lejos de empezar con la frase “la primera vez que” (chao, adolescencia). Nos convertimos en personajes que se entrelazan y se hacen activos en las historias ajenas. Como una serie súper larga con muchos spin off, secuelas y crossovers.

That's life.

Entonces es como un ciclo de participación en el que muchas historias convergen, listas para j*derse o enriquecerse entre sí.

Toda esta habladera de p*ja nos lleva a un único punto: no siempre nos portamos bien en la vida de los demás. Somos humanos y por vocación, la cag*mos. Y mucho.

Somos capaces de hacerlo en todos los rincones del mundo. Desde el trabajo cuando preferimos dormir más, llegar tarde y en consecuencia, atrasar el trabajo de todo el equipo; hasta en nuestra casa cuando llegamos demasiado cansados como para hacer lo único que nuestra mamá nos pide, fregar. Podría nombrar mil más. Pero solo nombraré la mía. Pues había pasado mucho tiempo jugando el conveniente papel de “soy bella y los demás son los malos” cuando me tocó el papel de b*tch.

La mayoría de las ocasiones, tener ese papel prácticamente consiste en ser egoísta y pensar solo en ti misma. Este era un ejercicio poco frecuente para mí. Pero en el momento en el que decidí no quedarme en una relación “perfecta”, tomé una decisión que causó daño y por miedo y vergüenza, lo reconocí mucho después de los eventos.

De esta forma logré no solo asumirlo, sino llevarlo como un buen giro dramático en mi historia, donde por fin mi propio personaje logró una profundidad que ni yo conocía posible.

Lo importante, supongo, es ser una imbécil por las razones correctas. No porque te dio la gana de hacerle daño a alguien cuando decidiste anunciar algo a medio mundo sobre tu mejor amigo, antes de que sus padres se enteraran. Eso más bien te quita credibilidad contigo mismo. A veces hay que serlo porque era la mejor decisión para todos, aunque en el momento nos haya parecido casi tan difícil como decirle a tu mamá que se le quemó la arepa.

Esto aplica cuando renuncias, te despides de alguien e incluso criticas el trabajo o la conducta ajena. Con esa única intención, vale la pena ser un desgraciado. Lamentablemente tengo que decirlo así, ya que te dirás a ti mismo que eres fuerte e hiciste la labor del bien. Los demás serán más creativos que eso, te lo aseguro.

Nadie conoce las motivaciones que inspiran el acto de otra persona. Pero ser un desgraciado significa un plot twist que, queramos o no, funciona perfecto para el avance de una historia cada vez más interesante.

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