Beneficios de castrar perros - The Amaranta
¡Hombres unidos, jamás serán castrados!

Él es Aitor:

Aitor bebé demasiado tierno todo cuchi, bello y lindo.

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Un Jack Russell Terrier y un merecido regalo por graduarme de bachiller de la república con excelentes notas, mientras mis amigas visionarias pedían joyas y dólares que le iban a servir en el futuro como inversión y liquidez. Yo pedí un perro.

Y no cualquier perro. Elegí este, el cachorro más eléctrico de la camada de una raza distinguida por ser nicho de perros explosivamente activos.

Desde hace cuatro años que el nombre de mi simpático can ha sido mutado y sometido a metamorfosis por mis amistades, amores y familiares más cercanos. Algunos le dicen Héctor y Tulio, otros le llaman Perro Gay, a mí en ocasiones se me sale un Tuti, mi hermano lo llama Papi y mi madre es fanática de llamarlo por su nombre entero: “C*ñodelamadreperrodelc*rajoahíno”.

Siendo justos a la esencia de Aitor, “Perro Gay” y “C*ñodelamadreperrodelc*rajoahíno” son los nombres que más se ajustan a su carácter.

Como la madre perruna progresista que soy, evidentemente no me molesta la orientación homosexual de mi cachorro, sin embargo no es del mayor agrado para mis visitas que Aitor se monte cuantas piernas peludas de mis amigos pueda. Es que tiene una notable afinidad por los niños y su olor distinguido a masculinidad y testosterona. Les confieso que se me ha hecho evidente que encuentra a los niños morenos y de ojos grandes completamente irresistibles.

Por otro lado, mi madre tiene razón al gritar dentro de mi acústico hogar su apodo preferido. Aitor sufre de vejiga pequeña y de urgencias por marcar todas las cosas que considera de él. Desde el piso de mi cuarto, pasando por la colección entera de orquídeas y culminando en televisores y todos aquellos equipos eléctricos que alcance su chorrito. La desesperación de la matriarca también existe porque Aitor y sus sueños de cantante de ópera tiene desvelados a todos los vecinos, así como sus complejos de correcaminos y saltamontes.

Como no es un pura sangre, sino más bien enrrazado como con rata, Aitor es medio roedor y gruñe cuando las cosas no salen como él quiere.

En resumen, aunque lo amo, es muy simpático y disfruta de tiernos cariñitos en las orejas, Aitor es por decirlo sutilmente, una verdadera lad*lla.

Aitor retosando

Aitor retosando

Aquí es cuando entra en discusión la opción de dejarlo como un eunuco. Según escuché de alguna veterinario hace tiempo, castrar a los perros podía dejarlos menos agresivos y sin ganas de andar regando orquídeas.

A mi parecer con el apoyo de César Millán y un exorcista, dejarlo sin b*litas era la manera lógica de ayudar a Aitor a conseguir el camino del bien y la comodidad entre humanos y otros perros.

Oh, gran sorpresa cuando descubrí que no todos opinaban como yo. Por “todos” me refiero a la mayoría de los hombres a los que le comenté mis planes mutiladores.

Por algún motivo cuando mencionaba la cirugía removedora de testículos los hombres con cara de tragedia me imploraban que le dejase sus órganos masculinos intactos. Mi hermano con mucho entusiasmo comenzó una campaña de guerra psicológica para que mi mamá y yo no lo “desbolificáramos” con una tijera de punta redonda en un descuido.

Pero aprovechando que mi hermano mayor desertó el nido por unos meses para ocuparse de su carrera, los planes de dejar a Aitor sin bólico regresaron.

Así, leyendo un poco más sobre el tema descubrí que:

  1.  Castrando a los perros se disminuye el riesgo de tener tumores o cáncer de testículos.
  2. Castrar incide en el comportamiento y hace que los perros no sean tan agresivos.
  3. Castrados, los perros pierden el interés en marcar territorio.
  4. Los perros castrados pierden también el apetito sexual.
  5. Cuando son viejos, si están castrados, los perros no suelen hacerse pipí encima.
  6. Las desventajas de castrarlos es que les da más hambre, puede que desarrollen hipotiroidismo o que mueran en el procedimiento.

Concluí por supuesto que la mejor opción era hacerme un par de zarcillos muy fashion con los testículos de mi perro. No me encanta que vaya a dejar este mundo sin haberse echado un polvito, o que ya no tenga la capacidad de ser padre de siete dinamitas como él y por supuesto, no me entusiasma el hecho de potencialmente matarlo por andar sometiéndolo a cirugías emasculadoras. Sin embargo, la parte de ponerlo manso como un pony y que no tenga que gastar dólares en quimioterapia canina pusieron gran peso sobre el otro lado de la balanza.

Entonces, como buena millennial que soy, pregunté en mis cuentas de Instagram y Twitter qué opinaba la gente acerca de dejar a Aitor como un Ken.

(Increíble la infinidad de formas en las que puedo referirme a la castración)

De nuevo, la opinión popular se dirigió a la preservación de las joyas de la corona. Por joyas me refiero a los testículos y por corona hablo de los genitales de mi perro. Para estar claros, digo.

En Twitter 52% de mis adorados pseudointelectuales votaron en contra de la castración y en Instagram 59% de adictos a los memes opinaban lo mismo.

Incluso recibí comentarios al respecto. Todos, cabe acotar, de figuras masculinas.

Por lo que inevitablemente me tuve que cuestionar, ¿cuál es el tema de los tipos y las bolas de mi perro?

Aitor y las b*las en cuestión

Aitor y las b*las en cuestión

Con poca reflexión deduje que era un tema de preservación de la masculinidad. Bros cuidando de sus bros. El macho alfa en respeto a su camada. De cacique a cacique, de hombre a perro, de gordo a flaco, de testosterona a playstation, ningún hombre quiere que le quiten sus pelotas y por eso defiende las de los demás porque “yo sé que tú harías lo mismo por mí m*rico”.

Por un momento traté de ponerme en los zapatos de ellos e imaginar que yo también tenía bolas. Perturbada por una imagen que atormentará mis sueños eróticos gravemente, decidí mejor imaginar que la situación era discutir sobre mastectomía.

Pero obvio, concluí que aunque no deseo que ni mi peor enemiga pierda sus tetas, si es por motivos de salud y si además estamos tratando de un perro con problemas que se le pueden solucionar con ello, pues adelante con el cuchillo de carnicero.

Me propuse reflexionar por un momento que puede que los hombres pensaban que quería castrar a Aitor porque soy una feminista radical que va a empezar una revolución de mutilación de genitales masculinos con mi perro. Pero a estas alturas, dudo que alguien no sepa de los beneficios de este procedimiento en los perros. De ser así, chamo leéte un libro.

Los argumentos de la campaña #SaveAitorJosé eran los siguientes:

“Si se las quitas ya no puede ser AiTHOR, porque no tendrá martillo”.

“Las necesita guindaditas para lamérselas”.

“Si se las pinchas ya no va a poder tener una perrita”.

“Porque no”.

“Eso duele”.

“Va a perder peso”.

Evidentemente, ningún argumento por más elocuente que parezca, justificaba el hecho de dejarlo con los flotadores.

Resolvimos por fin pautar una cita con la veterinario para deshacernos de ellas. Le dije a Aitor que se iba a un fat camp y que regresaría más tarde ese mismo día con excelentes resultados, accedió feliz a la propuesta porque le quiere caer a la Husky ojos claros de la calle, a probar eso de ser heterosexual. El pobre no sabe que en realidad va a llegar esa tarde queriendo ser su estilista personal.

Por otra parte me sorprendí con la importancia que los hombres le dan a sus testículos. Mujeres, quedan advertidas, puede que los quieran más que a ustedes. Caballeros, también advertidos, si cometen alguna falta, conocemos la mayor debilidad del enemigo.

Grab ‘em by the balls.