Al amor hay que ponerle horario y fecha en el calendario, ‘boy’

Hay un ritual sagrado en el reino animal de la adolescencia norteamericana que consiste en asistir a un baile escolar.

En un espacio sobredecorado que tan solo unas horas antes era el foro del despliegue de destrezas físicas (también conocido como gimnasio), una manada de humanos, impulsados por la segregación exagerada de hormonas, asisten a una pista para iniciar una danza particular de cortejo que, con ayuda de una vestimenta exuberante como la de un pavo real, puede terminar en el primer encuentro romántico de la especie.

Tomando en consideración la importancia social y fisiológica del prom, cada año los pubertos imberbes se esfuerzan más por asegurarse de que para tan crucial fecha, cuenten con una cita. El asistir con una pareja significa el paso seguro para formar parte de la manada, mientras que ir solo o, peor aún, ser rechazado, implica ser botado a un lado como un lobo con una pata herida, incapaz de recuperarse o de demostrar valor para el colectivo.

Por tanto el preguntarle a un ejemplar de la especie si quiere asistir contigo al baile es cuestión de vida o muerte. A continuación, un video para ilustrar los niveles extremos a los que han llegado algunos machos por cerciorarse de que el rechazo no sea una opción:

Ahora, apartando los impulsos primitivos e inseguridad social que pueden orbitar alrededor de estos promposals adolescentes, ¿es posible que luego de cierta edad empecemos a dejar de darle importancia a hacerles preguntas contundentes a nuestras parejas en un despliegue de afectos y preparación?

Dicho de otra forma, una vez que pasamos la etapa de noviazgo asfixiante, consumidor, celópata, inseguro y extremadamente cursi que solemos tener en la adolescencia, ¿consideramos es ridículo preguntarle a alguien si quiere salir contigo, o si quiere ser tu novia?

¿Es posible que, por dejar de parecer un puberto con frenillos y evitar una prescripción para Roacutan, estemos sacrificando también el romántico hecho de preguntar si queremos entrar oficialmente en una relación?

0800-AMOR, ¿Cuál es su emergencia?

‘¡SOS, de verdad quiero que el niño con el que estoy saliendo me pida que sea su novia, pero no estoy segura de que eso se haga hoy en día!’

Los gestos románticos no pasan de moda, ni tienen uso limitado para ciertas edades.

Simón Díaz diría que el amor no tiene horario ni fecha en el calendario, pero cuando se trata de formalizar una relación, debo diferir del tío.

Salir con una persona es atemorizantemente emocionante, está lleno de cosas nuevas, de descubrir pequeños secretos, de descifrar si congenian y en definitiva si hay posibilidades de que se encienda una pequeña fogata de amor.

Una vez que con mente fría decides que encontraste a una persona que te puede hacer genuinamente feliz y que, a pesar de que sirva primero la leche y luego el cereal como un psicópata, sientes que te puede hacer una persona mejor, algo tiene que cambiar.

Es absurdo pensar que eventualmente cuando te presenten a un amigo de la familia será el momento en que descubrirás si tu pareja ha decidido coronarte con el título de novia. Estar en ese limbo es totalmente incómodo, inseguro e impráctico.

Qué incómoda la incertidumbre de no saber si la otra persona se siente preparada para el noviazgo y de tener que esperar que luego de meses saliendo, el título simplemente caiga por el factor tiempo.

“Bueno, obvio, tenemos 4 años juntos, yo asumo que somos novios”.

Inseguro porque temes que de repente, en un desborde de felicidad y tal vez unos tragos de más, se te escape un te quiero a una persona a la que “no tienes permiso de querer”, digamos, legalmente.

“Perdón, quería decir que te quiero ver tomándote ese trago fondo blanco; ju, ju. Qué divertida soy, no quiero forzar las cosas, ja, ja. Vamos a bailar Limbo de Daddy Yankee”.

Impráctico porque te debes ingeniar 14 posibles respuestas para todas las personas de tu círculo cercano y no tan cercano que te preguntarán sobre el estatus de tu relación.

“Sí, bueno somos amigos, buenos amigos. Digamos que bueno si se me espicha un caucho, lo llamo para pedirle ayuda y si tengo una cena navideña, pues asisto con él, pero no, no somos novios, así que solo pon mi nombre en la invitación y si puedes un acompañante o, bueno, vemos cómo lo coleamos. ¿Cuál era la pregunta otra vez?”

Eso por la parte racional y coherente.

Pero el corazón no es racional ni coherente y tomarte el tiempo para decirle a una persona que te importa y que la quieres tener cerca, debería ser alentado. Más bien, obligatorio.

Sí, es necesario decir las palabras “quiero que seas mi novia” o mejor aún “yo quiero ser tu novio”. Admitir que a veces el amor, distinto a lo que nuestra generación piensa, no es mejor dejarlo fluir; sino sentarlo, decirle las cosas a la cara y admitir su presencia.

El hecho de poner pausa, mirar a los ojos y admitirle a alguien que deseas que entre ustedes y para el resto del mundo, esa persona sea especial, debe ser un gesto romántico rescatado del cementerio excavado por aquellos que repudian el amor como solo cosas color rosado y momentos tan melosos que provocan arquear.

Si la otra persona teme tomar la iniciativa, pues tenla tú y sin vergüenza pídele el empate al mejor estilo promposal.

Reescribiendo un clásico del llano: