Su opinión es prioridad

Así que ahí estoy. En ropa interior frente a mi peinadora un viernes en la mañana. Son las 9a.m. y bailo como una retrasada al ritmo de una canción de Dua Lipa. Nadie me j*de, solo el recurrente pensamiento que me grita "no vas a sentir que es viernes hasta que termines el poco de pendientes de finales de semana". Sin embargo, ni eso logra perturbar mi baile mientras trato de ponerme mi rímel sin estornudar.

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Entonces salgo, segura de mí misma, todavía con esa canción pegajosa en la cabeza y con la determinada necesidad de llegar al viernes en la noche igual a como salí de mi casa. Regia. Así que busco en mi camino confirmaciones de que mi look (en el que me esforcé al menos media hora antes de salir) sea bien recibido. Pero, ¿por quién?

¿Algún tipo con la mirada fácil y pervertida?, ¿alguna mujer odiosa que busque ser el Tim Gunn de mi Proyect Runway? Ni de broma, ellos sí logran molestar en mi camino. Mi audiencia objetivo son las vidrieras de las tiendas. Así es, un objeto animado sin la capacidad de emitir el más mínimo sonido y gesto. 

Para una vidriera es imposible decir un "mami, sí estás rica" de un baboso, o "a ver si usamos una falda más larga" de una señora que seguro es la fuente inagotable de chisme de alguna junta de condominio.

Las vidrieras tienen la única utilidad de reflejar mi aspecto. Calladitas y rígidas. Sirviendo únicamente para hacerme saber si esa apariencia que veía en el espejo de mi casa es el mismo una vez que bajo hacia el metro por el Bulevar de Sabana Grande.

Es fácil para cualquiera que no entiende esta especie de ritual de confirmación creer que la razón por la que nos vestimos o no de cierta forma se debe a alguien más. "Ah, es que te vistes pal novio". No. Eso es mucho trabajo para alguien que no sabe qué es una pintura de labio matte o cuál es cálculo matemático infalible que nos ayuda a determinar qué tipo de estampado se ve bien con qué.

Pero esto es algo que no se escucha bien. Seguro decir "me visto para mí misma" es como chocante. Otra feminazi más, pensarán algunos que no soportan la idea de individualidad o el concepto de "me sabe a m*erda tu crítica constructiva'". Más dulce suena decir que la razón por la que te vestiste tan linda un día es debido a una blusa que le gusta a otra persona.

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En un principio yo veía a las vidrieras de las tiendas casi con vergüenza. Pues verse en un espejo es una característica de una vanidad fuera de límite o un egocentrismo casi ilegal. Pero después de casi cinco años de aprender a maquillarme y amar cada proceso de él, o de cómo usar una falda sin sentirme insegura a cada segundo; uno aprende a encontrar la opinión que verdaderamente importa.

Sí, pues. Yo me la paso viendo (aunque no obsesiva ni compulsivamente: los extremos son una cosa seria) mi reflejo mientras camino por un centro comercial o una calle llena de tiendas. Es una especie de conversación que solo yo entiendo y que únicamente a mí me importa. Nadie puede meterse en ella.

Después de esta reflexión, llego a mi destino. Son las 10:00a.m. y estoy un poquito más desarreglada de lo que salí (gracias, Caracas). Pero tengo algo distinto en mi semblanza, tengo la seguridad de que las vidrieras de las tiendas aprobaron mi aspecto de hoy. Incluso si a veces es un pantalón de pijamas y una franela vieja de mi mamá. Si las vidrieras de las tiendas me "dijeron" que luzco bien, no necesito más.