Sin saber absolutamente nada de béisbol

“Tengo entradas para un Caracas - Magallanes”. Fue el mensaje que me mandó un amigo, hace exactamente una semana. Él, sabiendo que nunca en mi vida había visto a estos grandes rivales enfrentarse en el Estadio Universitario de la Universidad Central de Venezuela, me invitó junto a un grupo de amigos para disfrutar del juego y de la experiencia.

Presenciar un Caracas - Magallanes, para el que sabe de béisbol y lo disfruta es toda una experiencia. Es el Madrid - Barça de nuestro país, un encuentro deportivo tan importante para los fanáticos, que ha hecho historia en nuestra cultura.

Pero yo, una niña que no tiene idea de cómo se juega béisbol, ni mucho menos el nombre de algún jugador, había ido al estadio unas tres oportunidades antes, dándole prioridad a las cervezas que me tomé durante el juego y a la hamburguesa que me comí cuando salí. 

Teniendo la idea de que en un encuentro como este todo iba a ser distinto, salimos al estadio mucho antes para evitar el gentío. Llegamos a eso de las 5:30PM., el juego empezaba a las seis. Sin mayor problema para entrar, estacionamos y subimos a la parte de afuera del universitario para entrar al estadio. Pasamos por el mar de toldos vendiendo cualquier tipo de accesorio de vestir versión “Leones” o “Navegantes”, como también las cervezas y la comida callejera.  

Una de las cosas que más me impresionó antes de ingresar fue la cantidad de militares. El espacio parecía una protesta a punto de ser intervenida por la cantidad de funcionarios que “custodiaban” el lugar. A mi parecer, una manada de ignorantes uniformados, obligados a estar ahí, meter miedo, y creerse superiores a cuenta de que están armados.

Ya una vez dentro, ubicados en los asientos, con una cerveza helada en la mano, escuchando el playlist de salsa previo al inicio, empezó la emoción de un encuentro que yo por supuesto no iba a entender. Es inevitable, seas fanático o no, sentir la euforia del sitio; el alboroto de los vendedores ambulantes, ver a los niños uniformados de su equipo y a los más ancianos con su gorra cargada de historias, escuchar los comentarios en los parlantes de las voces más icónicas del estadio, hasta que te acuerdas que vives en comunismo y se te pasa. 

Empezó el juego. Carlos, el amigo que me invitó, me iba explicando poco a poco el desenvolvimiento del juego para no quedar como una total ignorante. Yo, con tres cervezas encima y una presbicia que me impedía leer el marcador, realmente estaba más pendiente de cómo se iba llenando el estadio, que del pelotero que estaba a punto de batear. 

Ya pasando al tercer inning era impresionante cómo se iba llenando el estadio. Siendo la situación del país un impedimento importante para eventos como este, el Estadio Universitario ese día, con una capacidad de 25 mil personas (me cuenta Carlos) estaba a reventar de gente. Casi 25 mil personas en un mismo espacio, compartiendo la pasión por un deporte y completamente desligadas de los problemas socioeconómicos que tanto abundan. Impresionante. 

Llegando al quinto inning y a la sexta cerveza, entró el hambre. En grupo salimos a la parte de los carros de comida para decidir qué manjar gastronómico callejero íbamos a probar. En ese interín, pasó una caravana de militares bastante ajetreados. Por un momento me asusté, hasta que Carlos me dijo que al juego venía un ministro; el de Deportes, creo. En este país, cualquier persona vinculada al Estado tiene que hacer un escándalo bárbaro; todo para demostrar que hay poder y para restregar el dinero que se han robado. Asqueroso. 

Luego del desfile militar, nos decidimos por unos choripanes y otras cervezas. Otro detalle impresionante, además del derroche de “chavismo”, fue la comunidad de niños en situación de calle, dentro del estadio pidiendo comida. Unos 15 o veinte niños bañados en mugre alrededor de los carritos rogándole a los clientes algo de comer. Es realmente doloroso presenciarlo. Una vez más el socialismo del siglo XXI te abofetea la cara recordándote que el 80% del país, se está muriendo de hambre.

Volvimos a entrar, los Leones iban ganando cinco carreras por una. Otra ronda de cervezas más mientras entrábamos al séptimo inning. Bajo los efectos del alcohol y de la paranoia, decidimos irnos empezando el octavo, para evitar también el colapso del estacionamiento y el gentío intentando salir. A paso rápido para evitar la delincuencia, nos montamos en el carro y salimos del estadio. Eran las 9:30 p.m. y desde la UCV hasta mi casa vimos unos diez, quince carros. La ciudad completamente vacía. 

Llegué cansada, un poco ebria y aturdida por la euforia del evento. Los Leones ganaron 7 carreras a 1.  Un Caracas - Magallanes para el venezolano es sin duda un evento cultural esencial. Refleja el lado más competitivo y bochinchero del fanático, haciendo que en esas horas de juego cualquier referente a la situación paupérrima que vivimos quede en un segundo plano. Es un check en la lista de planes a los que ir en esta ciudad, que sin duda repetiría.