No es coaching motivacional

Te prometo que lo que vas a leer a continuación no es coaching motivacional. No te asustes, tampoco vengo a repetirte las mismas cuatro recomendaciones que te envían tus tías como cadena de whatsapp. No obstante, vengo a sacudirte un ratito. No soy Mia Astral, ni Carlos Fraga, ni tu mamá, soy una joven igual que tu; con preocupaciones, responsabilidades, vida social, ganas de surgir, aspiraciones y mucha ansiedad. Pero hace unos meses la vida me dio una sacudida muy particular y me obligó a “reprogramarme”.

No voy a entrar en detalles de lo que fue el episodio que me hizo cambiar un poquito (bastante) el rumbo, pero digamos que fue violento y no lo digo en sentido figurado. Estuve a punto de morir. Se dice con ligereza porque es tan sencillo como perder la vida. Creemos que irnos de este plano se debe tratar como algo lejano, como una posibilidad que está allí pero no nos corresponde. Resulta que puede pasar en cualquier momento y rapidito. Cuando me pasó, esos minutos se sintieron eternos, pero acá ando, vivita y coleando.

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Primera fase: Depresión. ‘¿Por qué a mi? El mundo es horrible. No tenía ganas de nada. Ya nada parecía tener sentido y solo se duerme con la ayuda de unas pepas’

Todo lo anterior es horrible. Vivir así es desgastante, abrumador y la verdad, carece de sentido. Sé que la depresión es una enfermedad que muchos sufren, algunos desafortunados toda su vida y muchas veces en secreto porque están solos. No era mi caso, mi familia estaba al tanto de lo que yo estaba viviendo y buscamos ayuda. Psicólogos, psiquiatras y terapeutas más “experimentales”. Los dos primeros me querían drogar y los otros no me decían nada que yo no supiera.

Segunda fase: ‘Qué fastidio andar por la vida así. No me soporta ni mi mamá. No me soporto ni yo misma’

Mi día a día estaba repleto de quejas e inconformidad: “qué feo me queda esto”, “este país es una mediocridad”, “esta pasta no se cocinó bien”, “mi teléfono es inutil”, “el perro se cagó”. Y así. Me costaba decir algo bueno, era difícil siquiera pensar en algo que no tuviera una connotación negativa. Todo esto me generaba unos dolores de cabeza repentinos, que llegaban sin invitación y se quedaban un buen rato.

Tercera fase:  ‘A despertar se ha dicho, por ahí viene el shock’

Mi mamá me invitó a lo que ella llamó “un retiro espiritual”. Nos fuimos ella, una amiga y yo. Nos quedamos todo un fin de semana en una casa desconocida, estaba metida en unas montañas en las afueras de Caracas y allá nos  encontramos con otros ocho extraños que “andaban en la misma nota”. Ellos al igual que nosotras, tenían algún problema que sanar y el objetivo era curarnos entre nosotros. Nuestra guía era una señora llamada Auriestela. Por aquí ya todo suena muy loco. 

El objetivo era corregir cosas que teníamos dentro de nosotros, creencias que nos sabotean el día a día y sustituirlas por nuevas creencias, por supuesto, posotivas. Esto mediante la meditación y una técnica llamada ThetaHealing. Pero otro día les cuento de mi experiencia con el ThethaHealing.

A mí lo que me movió fue escuchar a los demás. Mi despertar espiritual va acompañado y de la manito, con el simple hecho de darme cuenta a través de los regaños de la guía, que todos los del grupo, aunque en distintas circunstancias, estábamos “sin querer, queriendo” programados para que sintiéramos que absolutamente todo lo que nos pasa tiene más contras que pros. 

Por supuesto que a nadie le gusta vivir un episodio traumático, pero ciertamente, la guía tenía razón cuando decía que era innecesario revivir ese trauma y quedarse pegado en ese sufrimiento toda la vida, que es exactamente lo que nos sucede a todos los que atravesamos por una situación de esa naturaleza.

Suena sencillo y ordinario.  Pero no lo es tanto. Truth is: nos encanta ir por la vida sintiéndonos menos de lo que somos. Desprestigiando lo que tenemos. Rechazando lo que nos pasa y atrayendo cosas que nos desagradan. El poder de la palabra no es mamadera de gallo. Yo lo comprobé.

Cuarta fase: Nuevo Testamento

Como en la Biblia, esta vida se divide en dos partes. Antes y después del suceso. Yo nunca me leí la Biblia porque es muy larga, por ende, no tengo ni la más remota idea de qué es lo que pasa en el Nuevo Testamento. Pero de este libro les puedo decir que a la protagonista le va mejor. Sería muy egoísta de mi parte no compartirles mis nuevos mantras de vida después de leer semejante novela. Esta nueva actualización de software que me ayudó a “bajarle dos” a la intensidad. O subirle a la intensidad, más bien, pero de la buena.

  1. Identifica la cantidad de quejas al día. Analízalas, cancélalas y deséchalas. Te prometo que cuando te quejes menos, vas a andar más ligera que nunca, casi inmune a la mala onda de los demás
  2. No hables mal de los demás. Yo sé ¿A quién no le gusta un chisme de Kylie Jenner? Mejor enfócate primero en lo que si te afecta, esa energía estará mejor aprovechada, te lo prometo. Después identificarás cuando vale la pena criticar algo, porque te afecta directamente y tienes en tus manos el poder de modificarlo y corregirlo.
  3. Sé empático, pero no sufras por aquello que no te corresponde. Ese dolorcito de pecho que le da a uno cuando se angustia, no es necesario, suéltalo, piensa en algo cool y déjalo ir. Libérate de lo que te ancla al foso.
  4. Agradece todo. Lo bueno, lo malo, lo que viene, lo que tuviste y lo que sabes que tendrás porque lo quieres tener.

FIN.