Margaritas Deshojadas: “yo sé cómo te gustan” - The Amaranta
Ordene su mujer prefabricada aquí, por favor

¿Se imagina poder entrar a un local y pedir al hombre de tu preferencia? “Sí, por favor, quiero uno para llevar que tenga barba, no sea un inseguro celoso, use desodorante sin falta y no le tenga miedo al compromiso…pero por una semana solamente que si no me fastidio. Gracias”.

El sueño.

Sin embargo, nosotras estamos claras que es eso: una fantasía. Además de inhumano es a veces hasta ridículo encasillar a un ser humano a un producto de catálogo con fecha de vencimiento. Solo que algunos aún no han hecho esa catarsis.

Hace un par de días iba caminando al metro. No estaba particularmente arreglada, pero se notaba que no me había levantado luciendo así. En una calle y por alguna razón, un desconocido creyó que tenía interés en conocer cómo le gustan las mujeres. Me dijo: “A mí me gustan las mujeres así, flaquitas bien arregladas y de pelo largo”. Y como si fuera poco se tomó la libertad de acercarse a mí y decírmelo al oído. Por supuesto que no tengo registro de habérselo pedido y mucho menos de permitírselo, pero uno es libre en este mundo y los babosos en la calle se toman ese tipo de derechos humanos muy en serio.

Lo único que yo no podía dejar de pensar era “¿Y a mí qué me importa cómo te gustan a ti?”. Al llegar a mi destino, no pude evitar comentar este evento (que tampoco es tan inusual, lamentablemente) entre mis compañeras de trabajo. Lo cómico es que los “piropeadores” de la ciudad no son los únicos que hablan así de las mujeres. Es como todo un movimiento que defiende el acto de juzgar a un ser humano de acuerdo a parámetros muy exigentes.

“Uno me dijo que no les gustan así, ni que fumen ni que tengan pelo corto. Ah, pero yo sí le tengo que aceptar que la barba le transforme la cara y que grite como un gorila cuando juega el equipo del Madrid contra el de Barcelona”, fue lo que dijo una de ellas. La conversación escaló de tal forma que mis compañeros dejaron las responsabilidades de la oficina de lado y pusieron este confesionario de jueves en la tarde como prioridad. Ya cada uno contaría sus historias más personales.

La que más me impresionó fue la de la Barbie, como la llamaremos ahora. Hace años, la Barbie tenía una relación demasiado tóxica con este tipo de hombres que tratan a la mujer como un espécimen que se incubó en una peluquería de Chacao. Al novio de la Barbie le gustaban así tal cual, con las uñas hechas, con el cabello planchado, siempre depilada, que no fume y que no dijera groserías. Claro que mi amiga, de gafa, quiso desesperadamente ajustarse a sus requisitos.

Ella se sintió momentáneamente satisfecha cuando pudo cumplir con todo, ya llevaba dos meses sin fumar y hasta se había hecho varias sesiones láser. Pero el hombre siempre, SIEMPRE, encontraba algún defecto en ella. Asqueroso. Después de un par de meses, la Barbie se dio cuenta de tantas realidades que un día se “la cantó” y no hubo vuelta atrás.

“O sea, entonces yo me cuido y me convierto en prácticamente tu idea de ‘mujer perfecta’ y tú sigues siendo el mismo h*evón insoportable de siempre. Lo siento, pero ya no la das y si yo me esfuerzo más que tú entonces cuál es el punto”. Y así puso su granito de arena para nuestra lucha.

La mejor parte es que la situación se aplica para todos los sexos, géneros y especies. A muchos les encanta pedir, pedir y pedir pero no mueven un dedo en convertirse ni siquiera en alguien decente. “Es que me gustan con carro, con plata y que sean parte de una dinastía”, dicen muchas mujeres por ahí.

Como si viviéramos en la Edad Media, cuando era legal que una persona fuese un artículo de compra. Si es así, espero que se les pierda el catálogo.

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