Cambiamos compulsivamente de personalidad de acuerdo a nuestros cortes

Una antigua leyenda dice que con cada corte de cabello, las mujeres nos vemos seriamente afectadas en muchos aspectos: nuevas perspectivas, nuevo estilo, nuevas maneras. Porque si el cabello es capaz de contar gran parte de nuestra historia, entonces al cambiar su apariencia estamos editando esa historia a nuestro gusto y placer, a veces incluso por sobrevivencia. 

Es por eso que esta leyenda se ha transformado en costumbre. No es difícil encontrar a una mujer que acaba de renunciar a su trabajo o acaba de graduarse con un corte o hasta un cambio de color en su melena. Es una especie de tradición que por alguna razón ha funcionado y se sigue practicando cada día.

Pero aparte de todas las mujeres que pueden aplicar esta renovación espiritual, hay personas que se pasan.

En esta ocasión les hablo de la Peliteñida, y no me refiero a Patricia Fernández en Betty La Fea, sino a una señora que en una de mis no tan frecuentes idas a la peluquería tuve el placer (si se puede llamar así) de conocer. Lo que no sabía es que en cada encuentro, hablaba con un ser completamente distinto del anterior, aunque tuvieran la misma cara, el cabello lucía diferente y eso era ya suficiente.

La Peliteñida asistía a esa peluquería de Los Palos Grandes, Caracas siempre con la misma intención: cambiar por completo “el look” de su pelo . Supuestamente, durante el lavado del tinte o el secado después del corte, esa señora experimentaba sus cambios de personalidad. Ya no era para nada la misma persona que había entrado, al menos en su cabeza, sino que una vez que salía de la peluquería cambiaba de gustos, de pasiones, mudaba el corazón roto y por supuesto, se olvidaba de sus problemas anteriores. 

Si tenía problemas en su relación, al cortarse el cabello terminaba inmediatamente con él; dejaba de sentirse plena en el trabajo, al pintarse salía de la peluquería a la oficina para renunciar y si de repente tenía muchos problemas con su mamá, cuando se hacía unas californianas, bueno...se hacía la loca con su mamá y ya. Supongo que por el rollo que hay para sacarse la cédula, la Peliteñida no podía darse el lujo de crear cientos de mujeres mensuales. 

Claro que yo lo disfrutaba. Cada mes podía hablar con la Peliteñida y en cada ocasión que me la encontraba siempre teníamos algo distinto de qué hablar, nunca repetíamos drama, chisme, ni tópico; era como conocer a alguien nuevo, siendo cada vez la misma.

A decir verdad la consideraba una loca, una loca simpática en tal caso. Pero no fue hasta que yo misma necesité una renovación espiritual cuando por fin pude entender los motivos de mi amiga.  

Las personas normalmente se inscriben en un gimnasio o comienzan a ir a yoga y a tomar tés rebuscados, yo fui a la peluquería de los Palos Grandes y me corté todo mi cabello estilo hombre. Y entonces lo entendí.

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