Margaritas Deshojadas: instinto maternal fantasma

Hace unos días, mis mejores amigos encontraron a una gatita abandonada cerca de un teatro. Su primera reacción “fue qué bella, debemos cuidarla”; la mía, “qué bella, listo, sigamos con nuestras vidas”. Claro que después de un discurso trágico sobre defender a los animales y tener a alguien de quién cuidar, terminé cediendo y adoptando a la fulana gata. Ni siquiera estoy completamente segura de cómo pasó, pero el hecho es que un sentimiento extraño dentro de mí tomó la decisión en mi lugar.

Se trata de ese instinto maternal fantasma que nos hace derretir cada vez que somos testigos de algún ser indefenso e ingenuo. Realmente creo que no lo tengo bien desarrollado, como mi vista. Algunos nacen con unas ganas frenéticas de saber qué necesita alguien más y aquí estoy yo, una miope frente a gente con vista 20/20.

Claro que ahora sucumbí ante la presión y estoy enamorada de ese ser indigente y adorable que mis amigos maternales encontraron. Pero me costó, y bastante.

Sin embargo, a lo largo de mi vida, me di cuenta que no era la única “defectuosa”. Una vez, cuando era pequeña, quedé encerrada en un ascensor con otras dos mujeres de mi edificio. En mi condición de infante, ambas eran solo caras para mí. Sabía que vivían en el mismo conjunto residencial que yo, pero ignoraba por completo sus vidas y sus maneras.

En ese momento, cada una hablaba de las cosas que extrañaba. Yo extrañaba a mi mamá, la primera mujer extrañaba a su perro y la segunda a su “bebé”. A ella la recuerdo simplemente como “la mamá”. Pasamos las tres horas que se tardaron en arreglar la falla hablando. Yo no lo hice mucho porque la primera señora parloteaba hasta por los codos sobre su querida mascota, me preguntó si tenía alguna y al yo responder que no, posó su atención en la mamá. Ella contestó lo mismo que yo, pero aseguró que tiene un nuevo bebé ahora. 

Al parecer llevaba mucho tiempo buscándolo y cuando le dijeron que lo tendría, ella literalmente saltó de la emoción. Lo ha cuidado demasiado y dijo que no podía esperar para verlo crecer y convertirse en lo que tanto había soñado ella. Cuando abrieron el ascensor, la primera mujer había quedado tan encantada que no pudo resistir preguntar el nombre de su bebé. Ella, muy tranquila, respondió: Lola Designs; me guiñó el ojo y corrió a su carro. 

Desde entonces siempre me quedó claro que no es necesario para todas tener una necesidad patológica de cuidar a alguien, sino que todos como humanos tenemos el derecho de ser padres y fundadores de algo, esté vivo o no. No se trata de algo puramente femenino, sino de algo fundamentalmente humano. 

No es algo fácil de aprender. El llamado instinto materno es como una pantaleta, si naces mujer debes tenerlo. De lo contrario, eres una falla, un glitch. Esa “mamá” me demostró que la falla está en pensar que tienes que serlo. 

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