Ponte cómodo que me faltan tres horas para terminar de arreglarme

Una de las cosas que más me divierte de tener vagina e identificarme como una mujer es que automáticamente tienes justificación de tardarte horas arreglándote. Y si alguien se desespera, no es culpa tuya porque tú solo haces lo que naciste para hacer. 

Al igual que parir y regañar. La mala planificación nos rodea de tal forma que si sales luciendo normal y hasta natural es porque no te tardaste lo suficiente. La gente quiere vernos arregladas, con el pelo planchado, las cejas pintadas y las uñas hechas y derechas, pero no si nos hace demorarnos más de lo que tarda un huevo en sancocharse. Está fina esa lógica, ¿no?  

Es por eso que la rebeldía nuestra feminidad impuesta consiste en tardarnos, y tardarnos que j*de, haciendo esperar al otro como el culpable de todas nuestras responsabilidades frente al espejo. Pero muchas mujeres no están de acuerdo con esta horrible práctica, ellas lo piensan muy bien y prefieren no arreglarse en lo absoluto o durar lo mismo que tu primer novio en el sexo: tres minutos. Jabón, dientes, cabello y listo, lo demás es lujo y pérdida de tiempo. 

Otras no lo piensan en absoluto, más bien son víctimas de esta situación. 

Una vez mientras esperaba a que me atendieran en la peluquería, una mujer extraña se sentó junto a mí (como cosa rara). Y como esas sillitas de espera terminan convirtiéndose en un consultorio terapéutico, por supuesto que me tocó escuchar los dramas de esta señora a la que llamaremos la Femenina Patológica. 

La Femenina Patológica tenía una enfermedad particular. Ella a juro y porque sí, necesitaba tardarse exactamente cinco horas en arreglarse para ir a cualquier lugar, sea al trabajo a la universidad (cuando era joven) y a algún evento importante. Ni un minuto más ni un minuto menos. Y no podía evitarlo, si se imponía estar lista en una hora entonces todo se le olvidaba, salía con el bolso que no era, usaba ropa que no combinaba y hasta usaba el lápiz de ceja para los labios y el de labios para las cejas. En fin, era un desastre. 

Así que durante sus veinte encontró el período de tiempo perfecto: cinco horas. En ese tiempo la Femenina Patológica puede hacer todo con tranquilidad, sin olvidar absolutamente nada ni mucho menos confundir sus cosméticos. Ahora lo más extraño de todo esto es que esta mujer aprendió a vivir con su enfermedad a tal nivel que nunca llegaba tarde a ninguna parte. NUNCA. Algo que en definitiva no puedes decir tú, que llegas tarde a todas partes como yo. 

Si tenía que ir a trabajar a las nueve, la mujer se despertaba a las tres de la madrugada y comenzaba su día. Dormía temprano, se organizaba y llevaba a cabo la feminidad impuesta de la que todas nos quejamos. 

Ese día que me la encontré, no tuvo chance de retocarse por completo. En esos casos ella acostumbraba depositar su confianza y un tiempo coherente a su peluquera de confianza que estaba al tanto de su situación. Así que si no poseía cinco horas en la mañana todos los días, como persona decente y puntual que era, iba a la peluquería. Entendí entonces que era esa la mejor forma de rebelarse contra el sistema, tardarnos exactamente todo lo que nos dé la gana y aún así ser más responsables que la mitad del mundo. 

El secreto está en una agenda y una buena peluquera. 

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