Verdades y mitos de una pijamada

Supongo que las películas y las comedias de televisión, y más que todo las porno, le han hecho creer al mundo que una pijamada sin una especie de encuentro lésbico no es nada. Al parecer cuando nuestra mejor amiga se queda en casa, de repente nos dan ganas de solo estar en pantys, comiendo chupetas de cereza y no sé, hablar de fantasías sexuales.

La verdad es que lo último sí pasa en ciertas ocasiones. Lo que también pasa es que tenemos las pijamas menos atractivas posibles, sin maquillaje y la boca llena de grasita de empanada. 

Sin embargo, durante la pubertad es que estos mitos de la pijamada/rumba lésbica en casa de tu amiga llegan a su máxima expresión y los hombres no consiguen cómo controlar esas hormonas alborotadas en cuanto se enteran.

Lo sé porque una vez, cuando tenía como quince años, mi mejor amiga, la Microondas, se puso a jugar con unos compañeros de clase a través de su Blackberry. Pasó la noche que se quedó en mi casa a ver películas de Ryan Gosling y escuchar a mí mamá explicar su eterna receta de torta de jojoto.

Ella comenzó a escribirles y decirle lo bella que yo me veía en cacheteros (cuando en realidad tenía un mono desteñido y roto por el costado), y preocupada de como yo reaccionaría cuando la Microondas me confesara su amor por el profesor de Castellano (cuando estábamos viendo fotos del actor ya adulto de Smallville). Pero ellos no dejaban de babear y rogarle por saber más de lo que “estaba pasando”.

Claro que ella estaba extasiada, yo un poco fastidiada porque no le estaba prestando atención al Ryan sin camisa de Crazy, Stupid Love pero sí se había comido todos los Doritos, que ahora también estaban en su pelo sucio. Solo que no, en la imaginación de mis compañeros la Microondas estaba a punto de darme una nalgada.

Como andaba toda distraída, le propuse un trato. Ella le diría a los niños esos que me comenzó a besar y no les contestaría más, que lo dejaran a la imaginación. Solo que en realidad volveríamos a ver Noah’s Diary y esta vez en paz sin su bendito Blackberry. Ella accedió y por supuesto la noche terminó en llantos, en torta de jojoto y mi mejor amiga aún con Doritos en el cabello. 

El lunes siguiente, esos ridículos no dejaban de vernos y de susurrar con sus amigos. Yo no les paré, pero mi amiga, Microondas que era, les lanzó un guiño y les juró que ese fin de semana me tocaba quedarme en la casa de ella, a hacer lo que las niñas hacen en casa de su amiga. 

Lo que, a decir verdad, no tenía nada de mentira. 

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