Margaritas Deshojadas: “Perdón, es que tengo la regla” - The Amaranta
Teman cada vez que una mujer tenga la regla

Vamos a decirle “la regla”, sin censura porque eso del “período” es para tías que creen que decir que tenemos la regla bien podría considerarse una grosería. Pero, tía, no es nada de otro mundo. Todas las mujeres tienen la regla, unas todavía no y otras bueno, ya se les olvidó ese problema hace rato como quienes se gradúan de la universidad y ya no saben el significado de un pupitre.

Al menos yo me siento orgullosa y plena cada vez que viene ese día del mes, porque además de confirmarme de que todo está en orden, tengo la excusa perfecta para comer todo lo que me da la gana y de no tener que hablar con nadie. Solo Netflix, mi paquete gigante de Ruffles de queso y yo.

Sin embargo, los rumores son ciertos. Nos ponemos algo sensibles cuando tenemos la regla. No es que somos unas locas que planeamos todos nuestros actos miserables para esa fecha y así no tener que rendir cuentas a nadie.

No.

Es algo de hormonas y dolor que nos causa nuestro vientre por trabajar y hacernos sentir culpables de no usarlo todavía. Además, si los hombres tuvieran esa sensación de que te golpean abajo del estómago con un ladrillo cada cinco segundos por todo un día (en algunos casos dos), supongo que tampoco contestarían tan lindo a quien pregunta estúpidamente “¿por qué no dejas de pensar en eso y ya?”.

Así que desde siempre, nosotras nos hemos calado los comentarios insoportables de tipos que cuando ven asomada una gota de personalidad o desacuerdo, ya vienen con su “¿acaso tienes la regla?”. Sí porque nosotras las únicas veces que podemos estar arrechas es cuando tenemos la regla. Tan grave ha sido que hasta los hombres también la quieren tener.

“No sé qué le pasa a Luis, será que le vino la regla”.

No.

La regla es nuestra y solo nosotras sabemos sufrirla como Dios manda. Pero yo sé por qué se dice eso. Yo sé por qué ahora todo el mundo necesita saber si una mujer tiene la regla o no. Como si de vida o muerte se tratara. Todo surgió con una chama que se llamaba Eva, no le tenían ningún sobrenombre, porque ya ese era bastante elocuente y perfecto para una mujer que tuviese la regla a gran escala. Se parecía a otra.

Resulta que Eva se cersioró de que el mundo entero se enterara de que tuviera la regla después de que su novio evadiera de forma bastante imbécil el hecho de que le había montado cachos. Porque era mentira que Eva los había visto a él y a su “mejor amiga” entrando agarrados de la mano en un matadero por Plaza Venezuela. Y esas marcas que tenía en el cuello eran picadas de zancudos que casualmente decidieron no picarle en ninguna otra parte del cuerpo. No, Eva estaba loca, o peor, “es que tú tienes la regla”.

Pero gente, este pobre hombre hizo en ese momento algo que no debe hacer una persona cuerda nunca. Atribuir la ira de una mujer, la verdadera ira de una mujer, a su ciclo menstrual. Porque ahí ese ciclo se convierte en algo “monstrual”.

Eva fue a la casa alquilada de su novio (que era de Barquisimeto) mientras “él pasaba la noche en casa de su primo”. Se había hecho mucho antes amiga de la conserje y la dejó pasar sin problema. Ahí ella agarró un bate de esos con los que los niños creen que formarán parte del equipo de los Leones del Caracas y destrozó todo lo que veía a su paso: espejos, fotos, vasos, mesas, cuadros. Luego encontró una tijera y comenzó a cortar todas sus camisas, franelas y pantalones, dejándolo todo a la vista sobre el piso.

Una vez que salió del apartamento, su dedo recorrió los vidrios llenos de polvo del carro de Hermán, su novio imbécil, y escribió: “Perdón, es que tenía la regla”.

Las autoridades no lograron recriminarle nada, porque además de que no les interesaba, no encontraron evidencia contundente. No había signos de huellas (Eva había usado los guantes que ponen en los potes de pintura para el cabello) y bueno, la conserje se hizo la loca (también sabía de las aventuras de Hermán).

Claro que el imbécil no pudo hacer más nada que aceptar su imbecilidad, que Eva lo botó y lo único con lo que se desquitó fue con el cuento. Le echó el chisme a todos sus panas y ellos a los suyos, señalando que todas las mujeres arrechas son así porque tienen la regla. Es una epidemia de arrechera que terminará con el mundo tarde o temprano.

Así que teman, hombres, cada vez que una mujer tenga la regla, vénganse preparados con sus paquetes de Ruffles de queso y mucha paciencia. Es lo mínimo que pueden hacer si no quieren su casa hecha un gallinero.