Vello, ¿qué es eso?

En mi vida, solo he tenido un novio que no miró con repulsión mis piernas de dos días sin afeitar. Solo uno. El resto es como si miraran un monstruo a través de unas misteriosas cortinas que bien podrían ser mis humildes faldas. Honestamente, es tan desconcertante para nosotras como para ellos.

Es por que en mi desconcierto, además de torturar mis piernas con hojillas de afeitadora y cremas que pican como unas desgraciadas, me alegró conocer a una mujer que no se aguantó esa guachafita.

Esta historia no es de ninguna amiga del primo de quien le vendía los cigarros al mejor amigo de la vecina que siempre le roba el efectivo a la tía de la hermana del jefe de alguien. Fui yo misma que llevé a cabo, no una investigación, sino más bien una indagación superficialmente profunda en la farmacia de mi zona.

Se trata de la cajera, qué irónico donde se consiguen las buenas historias. Resulta que ella bien podría compararse con Jean Baptiste Grenouille, el protagonista de El Perfume, por su magnífica habilidad de combinar químicos para fines retorcidos y hasta malévolos.

Su única intención, de joven, era crear una crema, no que depilara ni mucho menos, sino que maquillara los vellos de las piernas y otras zonas para los ojos masculinos. Su ingredientes al parecer variaban de acuerdo al tipo y color de piel, pero se dividía básicamente en claro, medio y oscuro, y los resultados fueron tan espectaculares que sus piernas las convirtieron en las portadas de varias revistas de moda alrededor del mundo.

Fue toda una celebridad la señora que estaba pasando mis afeitadoras por la caja, así me lo contaba mientras me pedía la cédula laminada. Incluso era tan cotizada por el mercado del romance, que logró cuadrarse a una especie de Gran Gatsby de los años 70. Pero la gloria no le duró mucho.

Resulta que una vez el magnate la invitó a la playa, y el producto de nuestra protagonista pretendía tenerlo todo menos resistencia al agua. Y en cuando esa mujer se metió al agua, el magnate creyó que se la había comido un hombre lobo marino porque de allí no salió una bella mujer con piernas de seda, sino un orangután con vellos más negros que el abismo. El pobre hombre salió corriendo despavorido y corrió el chisme en toda la industria cinematográfica (que pretendían convertirla en una actriz de renombre) y de la moda.

Tan grande fue la tragedia que comenzaron a llamarla por “La Vellúa”, así que se mudó de España y se vino a Venezuela para crear su propia empresa de maquillaje de vello. Pero la situación la ha afectado tanto que prefirió quedarse como cajera de una farmacia.

Lo bueno es que se consiguió un hombre con el que no tiene que usar su producto y supongo que ahí es donde nos ganó a muchas la mencionada “Vellúa”. Me fui avergonzada de la farmacia con mis afeitadoras y mis cremas hidratantes.