Margaritas Deshojadas: ‘Nos decimos TODO’

Margaritas Deshojadas: ‘Nos decimos TODO’

¿Alguna vez has sentido esa ansiedad incurable por no decirle una mega noticia a tu mejor amiga? Es como un pesar en la consciencia que te consume hasta mandarle un voice de diez minutos con los detalles más insignificantes sobre cualquier hecho en tu vida.

Después de hacerlo un aproximado de doscientas veces, tus amigas se gradúan y se ganan la licenciatura de mejores amigas. Adquiriendo así el derecho y el deber de saber absolutamente todo lo que ocurre, cómo te afecta y cómo puedes superarte. Son una especie de terapeutas a quienes le pagas con mojitos y fotos de Ryan Gosling.

Y cuando se te ocurre ocultarles algo algún día, el karma se convierte en una cuaima vengativa y te arruina todo.

Así suelen funcionar las amistades entre mujeres. Incluso si no se basan en amistad, a veces existen bajo la gracia del alcohol, o ¿acaso te olvidaste de esa mujer que escuchó todos tus dramas en el baño del antro mientras las dos esperaban para hacer pipí? Decirnos todo es parte de nuestro deber como mujeres. Sin embargo, yo llegué a salir con un grupo de amigas que desafiaron por completo esta naturaleza.

Se tratan de «Las Superpoderosas», que de efectivas y poderosas no tenían nada, pero les diré así para evitar que se metan conmigo cuando lean esto. Son un grupo de tres amigas que parecen no estar familiarizadas con esa ley que implica decirnos todo. Ellas se veían una vez al mes y decidían omitir cualquier detalle personal. Es decir, no se decían NADA.

Entonces un día, el karma cuaima se vengó. Lo peor es que yo estuve en el medio de ese caos.

Con su metodología de no decirse nada, un día cuadraron (no sé cómo) salir a beber. No dijeron precisamente en dónde, pero sí dijeron donde siempre, acompañado del condenado “llégate”. Yo interpreté que se trataba de un bar en Chacao, en el que alguna vez las habré visto. Les pregunté si era ahí y una de las Superpoderosas me confirmó que de hecho era el lugar donde yo creía. Ella llegó un poquito después que yo. Venía sola y juntas esperamos a las dos que faltaban.

Cabe destacar que el no decirse nada y depositar toneladas de confianza en esa persona incomunicada, es algo que solo hacen los que se encuentran en un manicomio bajo llave. Y claro, la persona que estaba sentada junto a mí.

Después de estar casi hora y media esperando, ella tranquila y yo al borde de la ansiedad por tanto misterio y confianza a lo “esas llegan en cualquier momento”; por fin supimos de ellas. Con una llamada descubrimos que una estaba en un bar por Las Mercedes y otra por Sabana Grande, asegurando que ese era el lugar donde siempre.

Lo interesante del asunto es que ninguna movió un dedo para encontrarse en uno de los tres lugares. Cada una había ido con una compañía distinta y su falta de comunicación definió el final de esa salida.

No sé si algún día llegaron a verse, capaz nunca pudieron cuadrar; pero lo que yo creo es que con tan poca ganas de decirse las cosas, probablemente ni siquiera eran amigas en primer lugar.

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