Pero aún así conseguimos enviar al hombre a la luna, y bueno, a la m*erda también

Hay muchas mentiras por ahí. Dicen que solo nos gusta comer ensalada, que nuestro color favorito es rosado y que todas somos cuaimas dramáticas y celópatas, como si fuésemos un gentilicio y esa, la única forma de reconocernos además de nuestra vagina.

Sin embargo hay otra mentira aún más repugnante además de que siempre tenemos la regla y es que nunca hemos tenido idea en cuanto a aparato tecnológico se trata. Porque en las comiquitas sesenteras y en las telenovelas, si se rompe algo en la cocina (donde por supuesto pertenece la mujer) es el hombre la única alma capacitada para solucionar ese problema.

Which is bullsh*t.

Desde hace unos años para acá, los tipos se dieron cuenta que su preciado deporte ya no sería su refugio para protegerse de las mujeres, y mucho menos después de alguien como Deyna Castellanos. Luego de eso, “ellos” se fueron corriendo a su arca y unas cuantas disputas y estrategias planificadas más tarde, encontraron otro norte: la tecnología. Donde al parecer nosotras no podíamos llegar.

Which is bullsh*t...once again.

Pero lo que “ellos” no saben es que en realidad nosotras controlamos absolutamente todo. Le metimos un chip a Steve Jobs para que nos creara el teléfono perfecto para revisárselos a nuestros novios, volvimos loco el mercado de los bitcoin para que nuestro bae no se vuelva rico y atraiga a un poco de sacos de silicona y también tenemos una sede en Júpiter para mandar a los hombres que ya nos estén sacando la pierda (Trump tiene una residencia ahí para cuando Melania lo bote de la Casa Blanca).

No es que nosotras “no sepamos” de tecnología, así como cuando un tipo dice que no sabe de “temas de mujeres” cuando apenas mencionamos el nombre de un perfume, sino que la verdad es que ustedes saben lo que nosotras necesitamos que sepan sobre qué tanto sabemos. No queremos que las cosas sean tan complicadas para ustedes así que solo les seguimos la corriente.

Poco a poco hasta que ya no tengan otro lugar donde esconderse, pues si ya perdieron su preciado deporte, y ahora la tecnología (me irrita usar un término tan amplio), lamento decirles que ya están acorralados y no tienen más a dónde ir.