Margaritas Deshojadas: lo qué hacemos de verdad en la peluquería

Margaritas Deshojadas: lo qué hacemos de verdad en la peluquería

La peluquería, más que un lugar frecuentado por sus servicios, es un lugar de encuentro para todo tipo de mujeres. Allá nadie tiene más dinero que otra, allá ninguna es más fea o bonita, ni más inteligente o astuta que las demás. Ahí estamos por la mera necesidad de complacer nuestra vanidad en el sentido más honesto posible.

Ahí nos enteramos que una no es rubia de nacimiento, que otra tiene callos horribles en los pies porque es una atleta reconocida, y nos enfrentamos con la realidad de que puedes tener 70 años e igual querer que tus uñas se parezcan a las de Cardi B.

La peluquería se ha convertido en nuestro lugar secreto para discutir todas las cosas que el mundo exterior no tiene ni idea. De afuera para adentro solo se ven un poco de mujeres con rollos en la cabeza y sus manos en un pedestal de paños y acetona esperando a recibir los servicios correspondientes. A veces incluso, cuando hablan, lo más fácil de pensar es decir que discuten con interés algún chisme de la calle o sobre algún evento social importante.

Pero cómo hemos sido engañados.

Lo que se ve de afuera no puede estar más alejado de la realidad, y eso es lo que muchos prefieren ignorar. Total, solo es una peluquería.

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Me enteré de los secretos de estos lugares gracias a una amiga que llamaremos “La Peliteñida”. Quienes me conocen saben que mi mejor amiga difícilmente se puede reconocer de lejos debido a que cada par de meses, cambia su identidad a través del color de su cabello. Un día puedes verla como la imitación viviente de Jessica Rabbit y luego como Natalie Portman en Closer, con un cabello que parece una peluca de color rosado.

Pero como iba diciendo, la Peliteñida de broma no vive en la peluquería. Así que el importante día en el que iba a dejar de ser pelirroja para pintánserlo de negro azufre, la acompañé a una pequeña peluquería que quedaba escondida entre los edificios cerca de Plaza Altamira.

Nada estuvo para mí fuera de lo ordinario pero todos en el lugar asumieron un comportamiento típico de una peluquería: todos se conocían, había viejas que buscaban verse más jóvenes, jóvenes que querían verse más adultas y todo tipo de manicuristas, desde las que hacen las francesitas y los colores crema hasta las que las pintan de amarillo fluorescente para una boda formal.

Pero justo cuando decidieron atender a la Peliteñida, el peluquero corrió a cerrar la puerta todo apurado y con aspecto de urgencia. Yo me asusté, pensé que por fin había “explotado el peo”.

Eso no pasó, lo que sí ocurrió es que todos los presentes comenzaron a aportar teorías conspirativas, hechos históricos y sociales relacionados con actos terroristas en contra de gobiernos totalitarios. Comenzaron a hablar de las guerras actuales y debatir las soluciones perfectas para los países pobres.

La mujer que menos se alejaba de ser una persona de grandes recursos y de gustos no tan refinados como las demás presentes, terminó la conversación política con la que parecía ser la única solución a todo: la educación. Lo que nos llevó a todos hablar sobre arte, filosofía y hasta literatura. En este momento no pude hacer más que involucrarme en los debates que se estaban encendiendo dentro de esa pequeña peluquería caraqueña.

Me di cuenta que de chismosas, ninguna tenía ni una gota, pero de intelectuales, rebosaban todo el vaso.

Al salir de ahí, le pregunté a la cajera cada cuánto tiempo hacían ese tipo de reuniones. Lo único que me dijo es que la ley en esa peluquería se aplicaba la apología de Sócrates:

“Mijita, aquí estás más segura cuando admites que no sabes nada”.

Después de esta exposición, no sé si me dejarán volver a esa peluquería. Capaz vuelvo y hablan de chismes, solo para mantener las apariencias.

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