Los misterios del baño de damas están a punto de salir a la luz

La gente puede relacionar el momento de ir al baño con esa desesperada situación en el que el profesor dice que el trabajo será en grupo. En nuestra mirada se observa la sumatoria de las ecuaciones más difíciles de hacer para poder calcular quién de los presente podrían interesarse y también ser un candidato considerable para esa actividad. Y así pasa cuando nos entran ganas de ir al baño en la mitad de una reunión o una rumba.

El palpitar de nuestra vejiga o la mínima sensación grasosa de nuestra piel nos reclama una compañera de viaje al tocador, pues es una travesía que ninguna mujer se atreve a hacer sola. ¿La razón? Nadie la conoce con certeza, pero en mi búsqueda por respuestas encontré a una mujer que se atrevió a hacer lo que ninguna otra pudo.

Y pagó las consecuencias.

Su nombre era “La Meona” y la conocí a través de una amiga de un chamo que me sirvió un café en la misma librería donde estaba la sobrina del tío que le vendió oro a un árabe que se cuadró una prepago que estudiaba con la que le vende dólares a la chama que les digo. Fue hace un par de años, en un club por Las Mercedes y La Meona tenía tantas pero tantas ganas de ir al baño, que ya la vejiga no le daba permiso para buscar una acompañante. Así que fue. Sola.

Cuando entró, pareció que entraba en otro mundo. La decoración nada tenía que ver con el estilo del resto del club, sino que parecía tener dibujos, graffitis, y mensajes en todas sus paredes con marcadores Sharpies; además, en todo el espacio afuera de los cubículos, habían almas en pena llorando por algún amor que no fue y otras llorando por Dios sabe qué más, porque no se les entendía nada.

Menos mal que en cuanto cruzó la puerta, la hada madrina borracha y rumbera de los baños de mujer se le apareció para enseñarle los caminos dentro de ese extraño mundo, donde habían demasiadas mujeres despechadas, con muchos shots de tequila encima y probablemente un poco de papel.

Así que le dio el tour. En el primer cubículo había una especie de bruja que leía tu fortuna de acuerdo a lo que sea que depositaras en la poceta, te cobraba una cerveza y un consejo laboral porque estaba harta de ese trabajo sucio y nocturno. En el segundo cubículo, estaba una pareja intentando tener relaciones sexuales, pero la torpeza del alcohol nos les dejaba encontrar dónde iba qué. En el tercer cubículo, había una poceta cuyo interior brillaba, La Meona preguntó qué había adentro y al parecer era un misterio que incluso ahí se rehusaban a destapar (literalmente).

Y en el cuarto y último cubículo, había una poceta sola. Limpia y sin nadie que perturbara la paz de ese espacio. Sin embargo, La Meona ya estaba tan muerta del miedo que sabía que esa hada madrina borracha y extraña podría estarle jugando una trampa. Lo que hizo fue salir corriendo rogando por no tener que ir más nunca a un baño público sola, porque aunque encuentres un cubículo limpio, vacío y libre de misterios, nunca se sabe realmente a qué peligros te expones cuando no tienes a una amiga sosteniéndote firmemente la puerta del cubículo y diciéndote lo estúpido que es tu ex.