Margaritas Deshojadas: ‘Cualquier v*ina’

Margaritas Deshojadas: ‘Cualquier v*ina’

Desde hace años nos han atribuido la característica de decir lo contrario a lo que pensamos. Solo que esa no es una particularidad humana, sino que es enteramente propiedad de las mujeres. Además de asignarnos el gusto por el rosado, la obligación de usar tacones y sostén, también resulta que lo que decimos es incorrecto. Pues es que “deseamos lo contrario”.

Gracias por renegar nuestros argumentos con uno sin sentido.

Yo creo que es una especie de conspiración por ambas partes. Por un lado, tenemos que responder con algo denotativamente pasivo, pero con gestos de algo totalmente distinto, para obtener alguna reacción al respecto. Queremos que nos entiendan sin dar ninguna explicación verbal al respecto. Cruzar los brazos y voltear los ojos es más que suficiente.

Por otro lado, en el momento en el que decidimos decir las cosas claras y raspadas, de repente “no, es que ustedes dicen las cosas al revés”, culpándonos a nosotras de su falta de atención.

Las dos partes son igualmente idiotas. Sin embargo, todos los comportamientos idiotas tienen una razón de ser.

Tengo mis propias teorías. Aún falta una confirmación oficial de los hechos para quedar en los diccionarios, pero creo que es bastante válida para los próximos malentendidos.

Había una mujer llamada, La Malentendida. Y ella tenía un novio que tenía una enfermedad en el cerebro que solo le permitía entender los antónimos de las palabras que escuchaba. Una especie de daltonismo auditivo. Cuando él escuchaba “gato”, en realidad entendía “perro”. Lo habían diagnosticado cuando apenas tenía cinco años y le costaba muchísimo asistir a clases y trabajar con esta discapacidad.

Un día que fue a un bar con su mejor amigo conoció a la Malentendida. Vio a esa morena de cabello largo y una inconfundible cara de ángel, a él le encantó y comenzó la tortura de ambos. Todo surgió gracias a un “me pareces muy bonita” (pues su condición no afectaba su habla) y a partir de entonces empezaron a salir.

Él se confundía todo porque, tal como un daltónico, a veces los colores que veía solían ser los correctos y muchas otras veces, no era así. Cuando ella le decía que él le encantaba, entendía que lo odiaba y cuando ella decía que ese restaurante era acogedor, entendía que era súper incómodo. En la mayoría de las ocasiones él estaba consciente de que podía ser su enfermedad fastidiándolo, así que lo ignoraba y leía las expresiones de la Malentendida para saber lo que realmente quería decir.

Todo parecía fluir con una naturalidad romántica, así que el novio le confesó a la Malentendida de su confusión innata. Ella lo entendió, pero todo parecía derrumbarse cuando tuvieron su primera pelea. Llorando, la Malentendida le expresaba lo mucho que él significaba para ella, él entendía que era cualquier v*ina, así que él también se ponía a llorar. Tenía entonces que escribírselo o decir lo contrario para que entendiera bien lo que ella pretendía decir.

Y esa fue su rutina.

La vida se nos arruinó al resto del mundo cuando sus amigos creían que así es que se resolvía todo: asumir que las mujeres disfrutaban de decir las cosas al revés. Sin preguntarle nada a la distinguida pareja, nosotras entendimos que decir mal las cosas era la clave y ellos tomaron por seguro que todo lo que salía de nuestra boca era lo incorrecto.

Así que mucho tiempo después, tenemos que cambiar todo este estigma. Tal vez una buena idea sería comenzar a decir las cosas como son. Aunque en realidad ya lo empezamos a hacer y en lugar de acusarnos de hablar al revés, ahora nos llaman extremistas.

Los puestos se cambiaron, ya no entendemos lo que ellos nos quieren expresar.

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