Escuchar trap no te hace menos feminista - The Amaranta
Esto lo escribo porque me cansé de dar explicaciones

Las feministas sí escuchamos Trap. 

Las feministas, las de este siglo, que creemos en la igualdad de oportunidades a la hora de trabajar; las que protestamos frente a la paga no equitativa entre hombres y mujeres; nosotras las que luchamos contra los conceptos retrógrados de lo que se supone es el rol de la mujer en la sociedad; las que nos indignamos frente a los comentarios machistas que atribuyen a las víctimas de violencia sexual la culpa por el tipo de ropa que usan; las que exigen no ser juzgadas si no desean ser madres o a ser juzgadas si lo deciden hacer; las que entendemos que los hombres de esta era no tienen la culpa de los pecados de generaciones pasadas, pero sí tienen el trabajo de enmendar una larga historia de malos tratos; a las que nos gustan que nos abran la puerta, pero que no nos digan qué ponernos; a las que nos parece romántico que nos inviten una cena, pero no que piensen que por eso les debemos algo a cambio; las que compartimos artículos de #Time’sUp y #Metoo porque conocemos a alguien que ha sufrido las penas de ser víctima de un abuso; las feministas de este siglo que no comparten una idea de odio hacia los hombres, ni piensan que es un movimiento que se fundamenta en axilas no depiladas o en la destrucción de todo el maquillaje del mundo; las feministas que creen que la feminidad no quita la inteligencia; nosotras, las que esperamos que en algún futuro no nos tengamos que llamar así, sino simplemente mujeres.

En nombre de ellas me atrevo a gritar a los cuatro vientos del tornado digital que: NOS GUSTA EL TRAP Y NO DEBERÍA HABER UN PROBLEMA CON DECIRLO, C*ÑO

Como cualquier ser humano, tenemos gustos que pueden variar desde el rock clásico, pasar por los ritmos tropicales de la salsa y aterrizar en el Yodel. Podemos como cualquier otra persona en la tierra bailar al ritmo del Waltz, menear caderas en la Rumba y saltar frenéticamente al son de la música hebrea. Por lo tanto, no debería verse como si profanáramos la tumba de Maya Angelou cuando en la misma oración juntamos feminismo y trap.

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Voy a salir en defensa del Reggaetón

Es el siglo XXI y evidentemente si canto sobre cómo un hombre se clava a mi amiga y me dice “f*ck you hijep*ta”, no es porque precisamente crea que los hombres tienen el derecho divino de acostarse con quien deseen por venganza, ni apoyo los insultos a las mujeres.

Si me sé de memoria el disco entero de Ozuna, no es porque piense que bipolar es la manera correcta de llamar a una mujer que no quiere tomar una decisión definitiva con respecto a una relación. No comparto el hecho de atribuir enfermedades mentales a la ligera.

Si digo que quiero ir a un concierto de Arcangel, no es porque crea que Tacos Altos es un himno digno para cantar a todas las estripers del hemisferio sur.

Tampoco creo que las letras de Bad Bunny sean la declaración inminente del trato correcto a las mujeres del mundo, ni pienso ponerle como cabecera a mi futuro bebé no nato en su cuna “A tu mujer en cuatro voy a ponerla, chingando y fumando un pasto de la perla”.

Espero que entiendan, de la misma forma, que si escucho Beautiful People de Marilyn Manson, no es porque precisamente piense que “los débiles solo están allí para justificar a los fuertes”. Ni que cuando canto Party in the U.S.A es para expresar mis deseos de rumbear en la tierra de Trump.

El reggaetón es música, escrita, producida y hecha en suelo latino que tiene un ritmo bailable que se presta para rappear y bailar íntimamente con quien desees. Porque eso tampoco es un pecado antifeminista, entregarse a un buen perreo y ver la belleza del sudor de una buena olla que se mueve al ritmo de Zion y Lennox.

Siendo el 2018 y formando parte de un movimiento que dice abogar por la apropiación de la sexualidad de las mujeres, no entiendo por qué es difícil entender que el trap, pese a sus letras obscenas, es un género relevante, popular y movido del cual tengo todo el derecho del universo para que me guste.

Claro, fuese crítico de cine y digo que me gusta Nynphomaniac y la respuesta es un sin sustentos “no es lo mismo”.

No, no solo quiero escucharlo en fiestas, quiero reventar los bajos del carro con Caile, quiero resbalarme con un susto mortal mientras canto Envidiosos en la ducha, hasta en la cola de la caja de la universidad con mis audífonos, quiero mover mis brazos mal imitando a un rapero, sin tener que sufrir una mirada condescendiente de un pseudo intelectual que acompañe su desaprobación con un “y tú te haces llamar feminista”.

Pues sí, soy feminista y chambeo y jalo.

No es la primera vez en la historia de la música latina que se habla de sexo y la objetización de la mujer. ¿O piensan que El Ratón de Cheo Feliciano narraba la historia de Tom y Jerry? mejor aún, que Rubén Blades estaba buscando realmente un árbol de guayabas y que Juan Luis Guerra quiere ser un pez en una pecera porque la comida viene gratis.

Hay que superarlo e inclusive adoptarlo y participar como mujeres en él. El Trap como todas las manifestaciones musicales sirve como inmensa plataforma para dar a conocer realidades, aspiraciones y pensamientos políticos. Si estás cansada de escuchar Trap de hombres, suscríbete y apoya al de las mujeres.

No son cosas excluyentes y si piensas que estoy equivocada, lo más probable es que estás manejando mal el concepto de alguno de los dos.

Feminismo y trap van como frescolita con codeína, y si no entendiste la referencia, llevas rato perdido en este artículo.

He dicho.

Trap queen out, bebeh.