Los Miserials: 'de vez en cuando hay que arreglarse' - The Amaranta
Porque no todo es zapato de goma inmundo y blue jean roto

En un mundo donde ya no hace falta pasar el día a día en flux y corbata, donde el horario de oficina está sobrevalorado y donde las mujer por fin pueden manejar un carro en Arabia Saudita, está completamente sobrevalorado el vestirse de más para cualquier ocasión.

Siendo el caso específico de Venezuela, nosotros solemos arreglarnos para los siguientes escenarios: 

Tu matrimonio.

El matrimonio de tu mejor amiga.

La primera cita con un tipo.

Una entrevista de trabajo (solo si la imagen de la empresa es muy formal).

Y para la foto con tu título universitario, que no te va a servir para nada, cuando te estás graduando de la universidad.

Exceptuando ocasiones repentinas al año, pasamos nuestro rutinario día de universidad y luego horario laboral vestidos tal cual jóvenes incomprendidos en guerra con los ancianos, porque no entienden que el blue jean con huecos es adrede. 

A raíz de esta pésima costumbre surge Los Miserials de hoy: ‘De vez en cuando hay que arreglarse’. 

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¡Pero por supuesto!

Hablando de códigos de vestimenta cotidianos, por más millennial que sea tu trabajo, es inaceptable que recibas a un cliente interesado en tu agencia de publicidad sin siquiera haberte pasado un cepillo por el pelo o un polvito por la cara.

Evidentemente sin añorar la esclavitud de los tacones y el saco dentro de un cubículo de oficina, tal cual para montarle la cruz a ese código de vestimenta, nosotros los millennials hemos desatado una campaña de guerra defendiendo la belleza interior, la ropa informal y los aguacates.

Pues no.

Por más cómodos que sean tus joggers, o peor, por más corta que sea tu minifalda, créeme que a tu jefe no le parecerá para nada apropiada tu guerra contra la formalidad, mucho menos si tu cara lagañosa es lo que representa su compañía.

¿Que comemos mi*rda con esta mentalidad superficial?

Sí, pero en el mundo laboral, donde todos peleamos para sobrevivir y superarnos, no gana el que decidió implementar los jueves de pijama simplemente porque no hay agua en su casa para lavarse los pantalones.

Al menos que seas un programador ermitaño hediondo a sábanas y Doritos, arréglate.