Las verdaderas y trágicas consecuencias de no haber tenido una mascota - The Amaranta
¿Acaso mi vida ha estado incompleta sin un perro? Me di cuenta que sí

Al parecer que te gusten los perros, los gatos o los animales en general se ha vuelto “a thing”. Lo restaurantes y parques ahora son pet friendly, y casualmente todos tienen un ex que le decía “te amo” a su perro más veces en el día de las que te decía “te ves linda” en seis meses.

Nunca lo había visto como un requisito para la felicidad. Sí, todos mis amigos hablaban de la raza de sus gatos o de dónde consiguen la comida para su perro, e incluso cuando nos llevaban a las casa, me presentaban a su mascota como el amor de su vida que necesitaba mi aprobación. Yo siempre los traté como unas personas:

“No, no te amo. Una vez que nos conozcamos mejor y si tal vez no llevemos bien, te puedo decir que eres lindo. En unos meses tal vez un ‘te quiero’, pero un ‘te amo’ está difícil”.

¿Pero qué tipo de padres permiten que una niña que se crió como hija única no tenga al menos un pajarito? Los mismos que cuando tienen a su segunda hija, me dicen “ahí está tu mascota, de nada”.

Gracias, viejos.

Aunque la verdad es que sí, tuve unas mascotas de chiquita con los que mis papás experimentaron mi madurez en cuidar otras masas vivas que no fuera yo. A los cuatro años tuve un par de tortugas. Odio las tortugas. Se llamaban Clara (para dejar de odiar el nombre con el que siempre me confundían) y Morada (porque el color es cool) y eran lo peor. No hacían nada en todo el día y eventualmente dejé de prestarles atención y mis papás sin querer también, lo que les costó la vida al mes.

Desde entonces mis papás le pusieron un sello a mi archivo de vida que decía “incapaz de mantener viva una mascota”. Todavía tengo ese sello, btw.

Sin embargo, conocí a alguien o no sé cómo ponerlo, ¿a algo?

Es un gato blanco y se llama Shinzu (evidentemente yo no elegí el nombre). Y le digo “te amo” más veces en el día de lo que se lo digo a su dueño (mi novio) en una semana.

Así que ahora he llegado a un descubrimiento: las mascotas te hace feliz. No es muy difícil de entender pero es cierto, solo que a la ciencia se le ocurrió un poco antes, como en 1792, la misma época en la que un venezolano hizo una arepa y un colombiano se la robó.

Es el primero a quien saludo cuando llego a su casa, lo acaricio y veo sus grandes ojos azules y entiendo su fastidio cuando todo el mundo está estresado o cuando suena una cadena nacional en la radio los fines de semana.

Y por supuesto, como nunca tuve mascota (las tortugas no cuentan) lo consiento más de lo normal, dejo que se monte en todos los muebles porque mi amor le da ese derecho y si él está ocupando toda la cama, no me queda más nada que considerar el sofá como mi refugio de la noche.

Todo esto se ha convertido en regaños de mi novio y de mis suegros. Pero no puedo evitarlo. Nunca tuve una mascota a quien consentir y mi hermana (la mascota que me dieron mis padres) ya ha madurado lo suficiente como para gritarme “no” cada vez que le pido que me busque algo en la cocina. Así que todo perdió el sentido.

Creo que aún no es demasiado tarde. 

Capaz un día de estos de adopte un gato y lo lleve a lo malandra a mi casa. Esa es la única forma en la que funciona, o eso afirman mis amigas expertas en perros, gatos y felicidad.

Planear esa invasión terrorista a mi propia casa es una de las tragedias de no haber tenido nunca una mascota. Solo una, con 10 años y un amor preocupante por el helado de chocolate.

Si tienes una mascota que te fastidie después de un día asqueroso, solo considera el hecho de que una chama está desesperada por ver a su mascota circunstancial y está despechada cada vez que le toca dejarla.

(PD: Hay gente me sigue diciendo Clara y los odio).