Veo a Meghan Markle y no siento ni un poquito de envidia

Mientras muchas exhalan un suspiro de desaliento porque el último soltero monarca (y popular) del mundo se comprometió, yo solo veo con ojos de pena a la pobre actriz que después de una larga charla de protocolo, supo la manera correcta de mostrarle al mundo el anillo.

“Ya sabes, si muestras la mano hacia arriba y con las uñas pintadas de azul cielo, es una raya para la corona inglesa, Meghan”.

Es que pobrecita; una corta y semi exitosa aunque prometedora carrera como actriz, terminada fulminantemente con el destino de ser una princesa.

Yo sé que de chiquitas todas (menos Mate) soñábamos con el príncipe medio metrosexual, un castillo incomodísimo de cristal, el vestido pomposo y fuera de moda y los miles de sirvientes que te huelan los peos y te cepillen los dientes cuando a ti te da flojera. Sin embargo, un poco más de grande siento una visión más crítica de lo que implica ser princesa y no estoy segura de que es una vida que me gustaría mucho.

Puede ser que todos los documentales de Lady Di y el Diario de la Princesa hayan tenido influencia directa sobre mi juicio adulto sobre la monarquía.

La primera, una figura demasiado pública a la que con el pasar de los años se le pinta cada vez más como una mártir que sufrió en silencio los límites del protocolo, adulterio, un divorcio bajo la lupa mediática, una suegra amargada y una lamentable muerte en circunstancias dudosas.

La segunda, una princesa también hecha princesa de vieja, a la que un sistema le encadena cada vez más las manos para forzarla a un paquete para el que evidentemente no está hecha. Desde depilarla hasta obligarla a casarse y todo lo que está de por medio.

Una época un poco intensa a principios de mi carrera como comunicadora social, también me forzaron pensamientos izquierdistas y demasiado antipáticos con las figuras reales, momento en el cual cuestioné su necesidad, reclamé que eran un desagüe de impuestos de personas trabajadoras y que todos los puestos heredados deberían ser eliminados de la faz del mundo moderno. Después me quité la careta y admití que me encanta Hola! y que la Duquesa de Alba era mi spirit animal y se me pasó el golpe a la monarquía. Sin embargo, muchos de esos argumentos siguen siendo válidos.

Es que seamos honestos, como Melania Trump, Meghan Markle no nació pensando que iba a terminar casándose con estos hombres. Los mismos ojos de auxilio de Melania en la juramentación del presidente más inepto de los Estados Unidos, los siento detrás de la sonrisa modesta de la actriz de Suits.

Aunque nunca vi Suits, tengo entendido que la chama pinta ser una persona chévere, lástima que su destino antes y después del altar y el vestido blanco sea convertirse en un robot.

Aquí algunas de las razones por las que no quiero ser princesa:

1. Calarte a Elizabeth que tiene pinta de vieja amargada.

2. No poder lanzarte un peo sin que se entere todo el mundo.

3. Tener que sonreír incluso cuando Harry se lanza comentarios estúpidos.

4. No poder usar un bikini en la playa.

5. Tener que obligar a tus hijos a ser robots infantiles.

6. Tener que aprenderme los nombres de gente que no me interesa y fingir escucharlos hablar con interés.

7. No poder comer pollo en brasa con las manos.

8. No poder probar modas ridículas como la que puso de moda a los Crocs con medias.

9. No poder bailar bachata en un barrio hedionda a cerveza más nunca.

10. No poder ir a un partido de fútbol y gritarle “puto” a un árbitro.

11. Tener que invitar a una gente que ni conoces y no va a vacilarse a Guaco en tu matrimonio.

12. Saludar a plebeyos que potencialmente tengan tufo, porque sí.

13. Renunciar a tu carrera porque “qué ralla una actriz princesa, ni que fuese Barbie”.

14. No poder tener demostraciones de afecto en público sin que la pepa que te salió el martes aparezca en la portada de People.

Sin embargo, heme aquí, una pseudo escritorcita venezolana sin un medio ni prospecto amoroso.

Entonces: algunas razones por las que debería querer ser princesa:

1. Salir de la dictadura.

2. Encontrar el amor.

3. Los riales.

4. La ropa gratis.

5. Los viajes.

6. Una horda de sirvientes que me frían tocineta cada vez que me provoque.

Esperemos que siga teniendo escrúpulos y que no ceda a las razones por las que debería ser princesa, porque si no, me debería meter a prepago y renunciar a los sueños de ser parte de la monarquía.

El chavismo me está poniendo esta disyuntiva moral muy difícil.