Esta es una frase que nos hace sufrir más que ateo en misa de domingo

Uno de mis más grandes defectos es mi echadera de cuentos. Cuando me presionan la tecla, se me pueden ocurrir cientos de historias que pudieron haber tomado lugar en el metro, en el techo de mi cuarto o incluso en un bar full de viernes por la noche. Todo para mí sucede para ser contado.

Ahora, este defecto se lleva muy bien con una de mis más grandes virtudes. Una que agarré ya un poco tarde en mi vida, pero más bien porque no sabía qué nombre ponerle. Ya cuando entré en mi adultez, lo encontré. Soy feminista, así con escarcha, arco iris y tal vez una canción de Madonna sonando de fondo.

Soy de esas feministas a las que les gusta que le abran la puerta del restaurante, que tiene dos trabajos y admira a quien sea que esté en el cargo mayor con tal de merecerlo; soy el tipo de feminista que defiende que un hombre quiera quedarse en casa, llorar o usar franelas rosadas, al igual que apoyo a la mujer que quiera salir a trabajar, beber, usar falda y hablar de fútbol sin ser lesbiana.

Sin embargo, ese parece ser un término algo confuso para las masas. Lo que me parece raro porque ya es como tarde para la gracia. Aunque tiene sentido, gracias a las mujeres que se desnudan en una plaza a gritar tonterías o las que decidan pasar un año sin depilarse para “defender los derechos de las mujeres”. Fino, pero no gracias.

Por otro lado hay otra cosa casi peor a las que mencioné. Se trata de las que dicen una grosería, una frase que debería ser prohibida por la Iglesia Católica y vetada de la RAE. Es decir que “las mujeres son mejores que los hombres”.

Ay, santo Chayanne bendito.

Me encontré con esta ruidosa manifestación una vez que decidí atender a una boda donde la madrina era una madre soltera. Asistí con mi novio, quien está claro de mis defectos, los cuales son casi nulos como que me gusta la pizza con piña, y mis millones de virtudes como recitar las canciones de Pussycat Dolls a la perfección cuando estoy borracha. Pero también estaba bien enterado de mis principios sociales y morales.

Quién diría que esa madre soltera hubiese desatado una especie de explosión en el interior de mi lindo y bobeante corazón feminista.

Llegó la hora del discurso de la madrina y sentí como vómito verbal al estilo de Mean Girls salía por su boca:

“Yo sé que quieres pasar el resto de tu vida con este hombre, pero él tiene que saber que tú eres una feminista. Sabes que eres mejor que esas mujeres que solo viven por sus maridos…”

Chévere. Ya lo mencionó, no está mal, pero mi instinto me dice que algo estúpido vendrá en cualquier momento y no sé si lo pueda resistir.

“Y más importante aún, no eres cualquier feminista. Eres una feminista mejor que los machistas”.

What?

Eres mejor que esas mujeres machistas, y que esos hombres. Porque así nos criamos nosotras. Sabemos mejor que nadie que nosotras las mujeres somos mejores que los hombres. Cocinamos, manejamos y parimos”.

¿Sabes ese momento donde te mueres de la pena por algo que dijo una persona que ni siquiera conoces? Es una sensación tan cringy y desagradable que buscas la puerta lo más rápido de lo que te gustaría aceptar. Y mi novio estaba buscando alguna especie de explicación en mí, como si todas las feministas en el mundo fuesen responsabilidad mía.

“Yo te juro que eso no es así, de pana”, le dije a mi novio telepáticamente. “Tengo miedo”, me respondió él de la misma forma.

Cuando algo así ocurre en un evento, ya es inevitable aceptar colectivamente lo que sea que se dijo con una copa de champagne en la mano y mucha estupidez en la cabeza. Así que no se imaginan mi cara enterrada de avestruz cuando al sapo de mi novio se le ocurre decir luego que soy feminista.

A veces me pregunto si esa mujer va a la panadería, a la gasolinera o hasta al trabajo mirando con desdén a cualquier pipí que se le atraviese, diciendo “es que yo doy a luz, mortal” y les da una patada para que se aparten.

Poco después no pude evitar reírme. Supongo que son cosas que las personas no saben aún cómo interpretar. Lo que sí sabía es que esa señora tenía muchas ganas de llamarse feminista, tanto como yo quisiera llamarme culito de Ryan Gosling.

Entre risas mentales, llegué a la conclusión de que a veces una de tus más grandes virtudes puede convertirse en el defecto de alguien más.