Para entrar en la universidad, deberíamos saber cómo cocinar

Y para hacer un montón de cosas más, también.
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Anthony Bourdain podrá no ser el mejor chef, ni el mejor conductor de televisión, puede que no sea la persona más fina del mundo, y por supuesto no es el gourmand más elegante de todos.

Y a pesar de ser una persona con varias características que más bien lo descalifican en el mundo gastronómico, lo que lo ubica como una personalidad importante en el mundo de la comida es su carácter irreverente y romántico e idealista y cínico en cuanto a cómo se vive la comida en nuestros tiempos.

Con un lenguaje sarcástico, grosero y realmente crudo define en uno de sus libros, Medium Raw, un manual/critica/oda a “el mundo de la comida y la gente que cocina”. Allí hace referencia a experiencias personales en la cocina, tragedias de su vida, la óptica que tiene sobre los nuevos chefs y sobre todo a cómo percibimos la comida en nuestra era.

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Con respecto a este último punto, Bourdain hace una importante observación que desde hace 4 meses, que es cuando empecé a leer el libro, ha resonado con ferocidad en mis pensamientos rutinarios sobre comida.

“Estoy interesado en el tema de que deberíamos cocinar como un imperativo moral. Creo que debería ser algo que le enseñen a todo niño y niña a hacer en el colegio”. Resalta en el capítulo Virtue.

Según la personalidad de televisión y autor del bestseller: Kitchen Confidential, el hecho de tener la capacidad de cocinar no debería ser una habilidad reservada a un grupo pequeño de personas que se interese en hacer de la cocina un hobbie, y yo estoy totalmente de acuerdo.

Bajo ningún escenario poder hacer una tortilla debería ser un acto de despliegue de técnicas sorprendentes. Batir unos huevos, colocar unos ingredientes, sal, pimienta y cocinarlo hasta un punto comestible, no debería ser algo tan extraordinario.

En una época distinguida por tener aplicaciones para ordenar comida a domicilio, en la que la comida rápida se obtiene con más facilidad que pronunciar los nombres de las franquicias, en el que el ramen y las comidas congeladas son los amigos fieles de los estudiantes universitarios, en el que los foodtrucks reemplazan la adoración en las iglesias y en la que los menús ejecutivos se han vuelto los mejores amigos de tu trabajador de a pie, ser capaz de hacer un bistec distinto a una chola y dos tazas de arroz, es visto como toda una hazaña de niveles titánicos.

Y no debería ser así.

¿Qué pasó en el mundo que nuestra generación es inútilmente capaz de alimentarse a sí mismo?

Somos la generación del “así lo hacía mi abuela” porque ninguno de nosotros sabemos cocinar. Engullimos los platillos de comida de las nonnas todos los domingos, sin el menor interés en preguntar qué era lo que tenía la salsa del asado.

Es más común reseñar con sorpresa que “mi novia cocina comida tailandesa buenísimo” que conseguir 5 personas que sepan hacer vegetales al vapor con una salsa de soya y jengibre. Aquella que aprendió a cocinar cuando se fue a hacer labor social a Asia, es tan especial y distinta al resto que como una rockstar, termina siendo la protagonista de las redes sociales cuando brinda una sencilla y no muy cara cena para un pequeño grupo de amigos. Así como un unicornio púrpura, emerge entre la multitud esta novia en cuestión que envidiada y valorada por todos, hace mejor comida que los chinos de la esquina.

Hacer una pizza es nivel uno, medianamente apreciado; una pasta con filetto es nivel dos, sorprendente y bien recibido; poder hacer un tartar con chips de plátano que no vengan de una bolsa, es digna demostración todopoderosa inalcanzable de equiparar.

Pero esto no debería ser así. Todo ser humano debería poder alimentarse. Es un principio básico de supervivencia. Qué loco pensar que en nuestros tiempos manejar adecuadamente un cuchillo y prender una hornilla de gas son rasgos poco comunes entre los jóvenes.

Pánico es la palabra que define la actitud del chamo que sabe que se va a quedar una semana solo porque su mamá se va de viaje de negocios. Bueno, feliz por poder envolverse en conductas inapropiadas a los ojos de “ma”, pero pánico de pensar que deberá someterse a 7 días de pasta y pizza recalentada porque no sabe hacer otra cosa.

En el pénsum de todo colegio primario deberían impartir clases de cocina 101. Manejo de utensilios, saber cómo hacer una compra en el mercado de comida saludable, cómo preparar unos sólidos 7 platillos básicos, reconocer el punto adecuado de la pasta, el término aceptable de una carne a la parrilla y el hecho de que agua y aceite caliente es igual a peligro.

Uno debería poder llegar tarde a la casa y poder tratarse a una cena saludable que supere las expectativas de un piche sánduche de queso. Uno debería poder ser capaz de tener un “plato estrella” para poder ofrecerle a una cita un trato más personal e íntimo que el de un restaurante. Todos deberíamos poder ser capaces de poder alimentar a un amigo enfermo con sopas simples, de complacer a primos pequeños con algo más nutritivo que nuggets y de poder hacerle desayuno una persona con la que compartimos una noche de pasiones desenfrenadas. Sexo, buenos días, café, unos french toast y chao. It’s called manners.

Para poder entrar a la universidad deberían averiguar si puedes cocinar un pollo al horno, para poder casarse la fidelidad, el amor y poder freir tequeños y para tener hijos deberías hacer un examen que demuestre que no van a vivir a punta de comida to go.

Cocinar debería ser tan importante en nuestros tiempos como saber manejar, puede que todo el mundo no lo sepa hacer bien, pero todos saben llegar a su destino.