La eterna lucha entre el feminismo y la caballerosidad

Como si querer pagar, exigir que no te digan asquerosidades por la calle, desear independencia económica y pretender que no somos inferiores a nadie, implicara renunciar al deseo de ser tratadas como una princesa.

Hay quienes dicen que cuando le permites a un hombre que te corteje, le estás otorgando de entrada una posición por encima de la tuya. Que abrir una puerta es participar en el juego malévolo del patriarcado y que permitir que te acomoden la silla al sentarte es señal absoluta de sumisión.

Pero una cosa no quita la otra. Los buenos modales y la intención de comportarse como un caballero, más allá de ser repudiados, deberían ser vistos noblemente y glorificados.

Ser feminista es rechazar el mal trato de un patán que excusa sus actos de cavernícola detrás del velo de tu feminismo y aspiraciones de “igualdad”.

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Ese niño es inteligente y de buena casa. La caballerosidad en el amor es tan clásica como un beso romántico bajo la lluvia.

Gestos de atención y educación son indicios de un hombre con buenas intenciones. No hay película en blanco y negro que no proponga un buen caso para la galantería y el amor como un buen combo.

Da las gracias y sonríe, que niño que abra puerta apunta a abrir la de tu corazón.

He dicho.