Primero te dan asco los niños y luego te encuentras frente a un tal Enrique con chocolaticos divinos

Bienvenidos a la mente de una controladora compulsiva con ataques de ansiedad, futura ninfomaníaca y adicta al café con leche. No es fácil ser un constructo ficticio de una escritora con aires de romántica sexosa con suspensos a lo Agatha Christie, sin embargo uno hace el esfuerzo de ser lo más convincente posible. Al final de todo, soy una voz que suele estar presente en casi todas las conciencias pre pubertas.

Así que todo comenzó así: primero qué asco los niños, son como unas masas humanas con exceso de carne en la entrepierna...y además siempre nos insultan de chiquitas. Ahora resulta que son unos Adonis. Son altos, bellos y son todos cuchis invitándote a salir y preguntando por tu gato. Lo que nos lleva al primer beso. Ese ejercicio muscular facial en el que hay demasiada baba involucrada y nuestra lengua se cree lavadora descompuesta. Pero no es tan grave, lo malo viene cuando comienza una especie de calentera en todo tu cuerpo y de repente ese novio con el que ya has practicado el arte de besar, se transforma en un dulce imperdible de pastelería francesa.

La fiebre aumenta con unos inocentes gifs de Tumblr. Ahí donde los amantes parecen unos acróbatas de Vampire Diaries y puedes darle like sin que tu tía fanática de las redes sociales se entere, por lo que a uno le gusta y no te hace sentir tan culpable de ese calor hormonal. Se empieza así, luego pasito a pasito, suave suavecito te encuentras frente a un tal Enrique, con la absoluta certeza de que perderás la virginidad, y con eso dejarás de tenerle miedo a la palabra sexo. Sexo, sexo, sexo. Antes llamado “cuchi-cuchi”, “hacer el amor” o incluso solo “el tú sabes”. Lo que nos lleva a comenzar nuestra historia:

"Estoy en una fiesta con mis amigos más cercanos, con mi mejor amiga dándose unas latas con un novio que dentro de dos meses la va a dejar por una vecina con copa C, mis amigos gays que todavía no aceptan que son homosexuales, pero asumirán la felicidad después de una noche de pasión entre los dos. En eso consistía el plan de todos esos viernes. Ceder a todo tipo de impulso pasional, porque después de todo estábamos en confianza y si íbamos a c*garla por primera vez, mejor hacerlo de forma segura.

Me hice súper amiga de la sangría con tal de no salir con alguna estupidez de “me duele, me duele”. No. Ya pasé por eso y no me van a j*der esta vez. Además, mira a Enrique, chama. Es demasiado bello y también le gusta tomar café. Tenemos demasiado en común. Por el otro lado está Juan Carlos, todo incómodo al lado de mi mejor amiga y su novio temporal. Él es súper pollo pero ¿se imaginan su cara en cuanto vea estos dos ponquecitos aún en el horno? Se volvería loco, más loco que Enrique que seguro ya ha visto no solo ponquecitos, enrollados de canela, sino también tortas de dos pisos. No, mejor me quedo con Juan Carlos.

Fondo blanco de sangría con extra de piña.

Le susurro al oído a Juan Carlos para irnos al cuarto de visitas.

Él saca un condón que lleva guardado en su cartera de Pokemón desde tercer grado, ¿quién pensaría que iba a terminar perdiendo mi virginidad con este pana?

Obviamente, yo lo boto y lo sustituyo por el mío mientras lo regaño por inconsciente. Pero el ya está tan concentrado en mis postres que por un momento olvida mis complejos controladores.

Y ahí empezamos.

F*ck.

That.

Sh*t.

Ahhhhhhhhhhh…¿ya?

Tanto rollo, tantas novelas, tantas canciones, tanto guayabo por unos minuticos de satifactoria incomodidad. Juan Carlos está al lado de mí todavía respirando como si hubiese corrido un maratón de Gatorade de 42 kilómetros. Y yo en serio que no sé cómo reaccionar. Quiero decirle que lo hagamos otra vez, pero dudo mucho que el bizcocho sepa mejor con un segundo mordisco.

Pero, creo...CREO, no estoy muy segura, de que tal vez, muy posiblemente esto haya sido el comienzo de algo bastante cool".

(Todos los personajes y acontecimientos de esta historia son ficticios)

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