No hay peor juez que tú misma y tu frijolito

En la edición pasada de Erotismo Carliano, la protagonista de nuestra historia ya estaba medio alborotada. Después de probar el fruto prohibido por primera vez, hizo de él su snack favorito, lo condimentó con todo lo que pudo y aún así quedó demasiado insatisfecha. La glotonería la obligó entonces a investigar más a fondo que esas humildes Cosmopolitan que llegaron a sus manos y llegó a la conclusión de tomar el asunto por sus propias manos...literalmente.

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En este episodio, nuestra ya no virgen y ahora aprendiz erótica debe inmiscuirse en los extraños y viscosos rincones de su propio ser. Un monstruo que pocas veces se llega a conocer bien y en cuanto hay confianza, se convierte en una amiga fiel y eterna. Damas y caballeros: la vagina y la masturbación. Porque como el chavismo y el pecado de una hallaca con mayonesa, hay que contar las cosas como son.

Se trata de un acto que todos, tanto consciente como inconscientemente, realizamos. Nos hacemos unos cariñitos y puede suceder desde en un escenario con pijama y Cheese Tris en el cabello hasta estar rodeada de velas con música de Kenny G de fondo. Pero como los rumores ancestrales revelaron cuál es el requisito indispensable para la iniciación sexual de la mujer, ella decidió acudir a través de este método al conocimiento que dejaba bien por fuera a los genitales masculinos. Se metió en ese rollo para escribir su propio manual. Uno que tanto ella como sus próximo exes podrían usar de referencia, ella hasta podría desarrollar su propia aplicación y cumplir con la virtud de conocerse. Algo que no todas logramos a tiempo.

Ella se aterrorizó al enterarse de que cientos de mujeres podían pasar toda su vida esperando que un hombre descubriera como Colón a América qué había allí adentro, por fuera y a los lados. Cosa que la impulsó a llevar esta investigación que solo necesitaba a una mujer con dos dedos de frente, y dos dedos en general. A veces tres y otras cuatro. Depende del gusto.

Y ahí empezó el ejercicio.

Nuestra protagonista no hizo de este trabajo algo de un solo día, sino de varios. El primero no se despegó de un libro de anatomía y ginecología. Al siguiente, leyó comentarios de mujeres en blogs femeninos, al tercero comenzó a ubicar dónde estaba todo como si de edificios en un mapa se tratara. Al cuarto comenzó a masajear las piezas claves (arriba, gracias) dejando al libro de lado y al quinto ya era su meta encontrar alas para volar. Pensó principalmente en Chris Pratt y su hermoso traje de hombre espacial porque los hombres en uniforme son un asunto serio, y luego esa fantasía desembocó en cómo le quedaba el vestido de año nuevo, en su amor de cuarto año de bachillerato, terminando por George Clooney en los noventa. Y poco a poco, casi, ya va, más arriba y a la izquierda y…¡santo Brad Pitt!

Así fue entonces como nuestra ahora querida amiga encontró placer individual en su cama, luego en su escritorio, en su alfombra de Hello Kitty y unas cuantas veces en la ducha.

Una especie de secreto que descubrió con el pasar de las semanas, los meses y los años, que aunque puedan leerse en unos minutos en realidad es un conocimiento eterno que podemos tardar toda una vida en conquistar. Pero se empieza por poco y en este caso por una muerta de hambre post puberta producto del erotismo milenario.

(Todos los personajes y acontecimientos de esta historia son ficticios).