Elena y la tradición caraqueña de buscar angelitos negros

Elena y la tradición caraqueña de buscar angelitos negros

Elena se sentía como Andrés Eloy Blanco cuando buscaba de chino en chino sus angelitos negros. No porque quisiera dárselas de inclusiva, sino porque la diversidad de tamaños era mucho más propicia. Le recordaban a su abuelito Varo que recitaba el célebre poema como si fuera una tabla de multiplicar.

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Elena pasaba más tiempo en la calle que en su casa, porque aunque Caracas fuera extremadamente peligrosa, le gustaba sentirse viva y revuelta entre la gente. Le gustaba más que todo, el sonido de su voz cuando decía: «una polarcita ahí, mano». Como si fuera un c*rajito de 12 años al que no le habían enseñado a hablar, en cambio, Elena era una pend*ja de 21, casi graduada y vestida con las mudas que le había dejado su prima Elena Valentina, la hija del tío Jaime, o como le decía su mamá Elena: «El enchufado».

Ni Elena ni su abuela se atrevían a hablar del chavismo, como casi todas las familias de clase media venezolana cuyos ancestros detestaron y al mismo tiempo amaron a presidentes como Pérez Jiménez y CAP, aunque por alguna razón Elena siempre se confundía con esos dos. Pero como toda caraqueña del siglo XXI, Elena se la pasaba j*diendo en cualquier chino de Los Palos Grandes con sus panas, que eran una combinación de gente con dinero que se las daban de malandros. A veces Elena pensaba que eran bastante patéticos si alguien los miraba desde lejos, eran ingenuos ante lo que sus actitudes realmente denotaban. Elena estaba clara de eso, pero se las daba de una filósofa barata y fundamentaba sus malas mañas en saber que tarde o temprano iba a estirar la pata.

Pronto la aventura de buscar angelitos negros en los chinos, se convirtió en una tradición para Elena, sus amigos y todos los demás personajes de la extraña ciudad caraqueña.