Reflexiones sobre Caracas según Elena de Arenales - The Amaranta
La capital venezolana es más compleja de lo que parece

A Elena le encantaba Caracas de noche porque le parecía que las calles eran otras y los postes alumbraban las ventanas de un anaranjado tan nostálgico, que le provocaba dormir en su luz como si fuera una hamaca guindada en el medio de la nada.


Siempre iba a recordar los lugares extraños a los que iba, lugares donde podían convivir las viejas del Cafetal y los músicos frustrados que hacían tributos a cantantes olvidados. Donde el dueño era el que atendía y probablemente venía de una familia portuguesa o italiana, y que siempre le jalaba bolas a los tipos con plata.

Elena pensó en la vez que un tío abuelo le contó de cuando llovió en los Médanos de Coro durante una semana completa, describiéndole cómo las gotas frías convertían la arena en una pasta color marrón pupú. Olió las calles de Caracas en una metáfora que jamás pensó que le daría nostalgia porque sabía que en ningún lugar del mundo olería igual. 

No era por el pupú de perros o de los zamuros que se posaban sobre los postes rotos, que tenían meses sin irradiar luz anaranjada por las noches, sino porque le dio un pinchazo en el corazón saber que no había ningún lugar tan disparatado como Venezuela. Era la eterna paradoja de odiar el lugar donde vivías y sentirlo tan tuyo.

De un día para otro todo cambiaba, era un nuevo país, con una nueva moneda y con un nuevo p*o a la vuelta de la esquina. Pero Elena sabía que habían cosas que nunca cambiaban, como los enchufados que intentaban montar negocios que no tenían ni pies ni cabeza para llamar a las masas elitistas que necesitaban con urgencia un lugar donde descansar sus peas o que en Hard Rock Café la bebida de preferencia no tendría nada que ver con una taza de guayoyo por la mañana porque en realidad era un emporio de viejos verdes que querían que el rock viviera para siempre.

Pero las panaderías seguirían siendo de los portugueses y el Plansuarez de la Trinidad seguiría hediondo a pescado; las cucarachas seguirían dominando el mundo y entrarían a las casas ajenas cada vez que lloviera afuera. Las calles cada vez tendrían menos gente y Eusebio seguiría vendiendo perro calientes en alguna calle escondida de Las Mercedes, así como su abuela, Elena seguiría sentada en la mecedora del porche, viendo como las gatos y los perros se cagaban frente a su casa.

Hamburguesa

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