Elena de Arenales y su interés por el Sádico de Caricuao

Elena de Arenales y su interés por el Sádico de Caricuao

A Elena le gustaban medio malandros como a Cori Smith le gustaba Neutro, aunque todo el mundo supiera que esa relación era puro marketing nacional del bueno.

Elena pensó en cómo personajes como Irrael se volvían tan famosos en un dos por tres, tan famosos como Dorangel Vargas o alguno de esos cantantes que salieron en el 2010. Al final del día comían gente y la gente se comía sus cuentos, como si fuera el mejor mousse de la Danubio de Los Palos Grandes. 

En Venezuela la gente era masoquista, les encataba ver en las noticias con cuanta miseria se había levantado la gente ese día. Que si mataron a este, que si lanzaron una bomba en una discoteca en el Paraíso o que al Sádico de Caricuao lo habían metido preso, como si con eso las feministas venezolanas le darían un aplauso de pie a la policía nacional.

El Sádico de Caricuao se crió entre la mugre y las mujeres jíbaras del Oeste de Caracas. En el municipio Libertador se regaba la voz de que el Sádico nunca pedía permiso ni perdón, hacía lo que le daba la gana y te dejaba frío como una piedra cuando te miraba a los ojos mientras se comía una empanada.

A Elena le daban curiosidad estos personajes citadinos que tenían una fiebre animal por rescatarse a si mismos de su propia destrucción. La primera vez que lo vio fue en las noticia matutinas en el canal del Estado, al que a su abuela Elena solo le gustaba poner para quejarse de todas las mentiras que decían. A Elena se le metió lo Cori Smith por dentro cuando vio a ese negrito de ojos claros que no se llamaba Ozuna y cuyo nombre nadie sabía, pero al que todo el mundo llamaba el Sádico de Caricuao.

Elena nunca había ido a Caricuao, ¿qué iba a hacer una niña fresa como ella para esos lados de la ciudad? Era todavía muy pendeja para tratar de domar a esa fiera que llamaban el Oeste de Caracas.

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