Marvel nos dijo que estas superheroínas tendrán un cameo en ‘Infinity War’

Todos los domingos llegamos a ese momento de meditación profunda en la que inhalamos estrés y exhalamos esos pequeños logros que nos dejarán empezar una nueva semana en paz. Pero a veces, después de siete días de trabajo, estudios y un buen regaño de tu mamá por un vaso fuera de lugar, tenemos una repulsiva sensación de que no hicimos nada por nosotras mismas.

Tal vez un fugaz postre, posiblemente alguna serie o película aclamada por el hype, pero pocas veces nos queda algo de lo que podamos regodearnos. No todas las semanas al menos. Yo tuve esta humilde catarsis a comienzos de este año, cuando (como era de esperarse) un breakup interrumpió mi paz mental. Lo que me llevó a meditar: ¿qué cura podría imponerme para que poco a poco reciba el cariño que había perdido?

La respuesta casi siempre está relacionada con self care, más empeño en mi carrera y por supuesto cantidades industriales de Doritos con queso. Así que tomé un vistazo a todas las mujeres que me rodeaban. Todas lucían impecables, con ropas sencillas pero arregladas y preparadas para triunfar con el mundo. Me tomé un vistazo a mí misma y aún me faltaba para pensar lo mismo de mí.

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Lo principal que me llamó la atención fue lo deficiente que estaban de mis manos: resecas, no me las pintaba en meses y las vi tan cortas que carecían de forma y carácter.

Casi pude escuchar la voz de mi mamá diciendo: “una mujer son sus manos”. Y asimismo casi pude sentir su mirada de decepción. Entonces me lo propuse: mi vida puede estar cayéndose a pedazos pero mis manos siempre lucirán on point. Era el mínimo cuidado que podía hacer por mí misma.

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Nunca lo había hecho, así que fui a una peluquería, perdí mi virginicure y salí con súper poderes.

Me sentí con más confianza de hablar y expresarme con gestos y movimientos de mis manos, amaba ver mis uñas cortas pero firmes y de color lima deslizándose por el teclado mientras escribía y mientras sujetaba cosas como vasos y libros. Todo cambiaba y parecía no querer dejar mis manos. Había adquirido el poder de liberar mis manos y hacerlas dueñas de todo lo que pudiesen codiciar.

Mis manos habían adquirido la facultad de querer ser vistas y yo de ser escuchada.

Antes, me daba pena o intentaba no mostrar mucho mis manos cuando sujetaba una botella de agua, un cigarro o incluso posarlas bajo mi mandíbula. Ahora, parecían estar hechas para eso. Lo que cada vez me hacía sentir mejor con respecto a mí misma en esas pequeñas reflexiones de los domingos, mientras medito sobre mis logros semanales.

Cuando siento que mis poderes se agotan, no tengo más opción que volver a la peluquería y recargarlos, aunque sea sola. Es mi pequeño acto de caridad hacia mí, y no soy la única en aplicarlo. Junto a mí se sientan otras cinco mujeres, superheroínas, en busca de los mismo: salir de ahí con el poder de conquistar sus vidas, una uña a la vez.

Y tú, ¿qué hábito te hace poder ser dueña del mundo?

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