Fuera de romantiqueos y melosidades

No es justo culpar a las películas de Disney por infiltrarnos esa fantasiosa idea del “felices por siempre” y el cierre inmediato del cuento de hadas. No fue realmente culpa de los guionistas idealistas de los noventa hacernos creer que tal cosa como que las personas no tienen issues fuese más ficción que los cuentos de la abuela. O al menos no fue completamente su culpa.

Creo que la película que mejor captó la esencia de la madurez con respecto a esta premisa fue Shrek, tanto la primera como las que la siguieron. Después del “felices para siempre”, vino el conocer a los papás, luego peleas, luego los hijos y por lo tanto más peleas. ¿Acaso estoy diciendo que aprendí lo que significa el amor con una película de ogros? Sí, exactamente.

Menos mal que estamos en a misma página.

Pero aparte de esa experiencia que viví con varias idas al cine a lo largo de mi infancia, puedo decir que no vi necesidad de enrollarme con lo que pasa después de la palabra “Fin”. Para mí era claro, en el caso de la Cenicienta (que en realidad fue la princesa más sosa de todas después de Blancanieves) puedo imaginármela bailando con el príncipe con cara de gafa el resto de su vida, junto con la imposibilidad que le reclame por no dejarla cocinar o leer un libro. Entonces todo es perfecto. Y ahí radica mi dilema.

Me enseñaron que todo lo que no es perfecto, no puede ser considerado una posibilidad. Aquí ya podemos entender que estoy hablando del aspecto amoroso/amistoso, pues tú no has visto a nadie referirse a su trabajo de oficina o a algún objeto decorativo con la condición eterna.

“Amo ser copywriter en esta empresa. Quiero quedarme para siempre” dijo una persona nunca.

Volviendo a la idea anterior puedo decir que nadie te asegura que algo va a salir mal. Mientras crecemos nuestros padres quieren prolongar nuestra inocencia lo más posible, pero cuando saben que no es posible seguir haciéndolo, ya es demasiado tarde. Para entonces ya nos habremos dado cuenta que lo bueno no siempre dura para siempre.

O peor, cuando por fin encontramos algo verdaderamente bueno para nosotras y aún así esperamos algo mejor o diferente, nos juzgan por no permanecer atadas a una idea de prolongación indefinida. Entonces es blanco o es negro. Comenzamos imaginando que todo “para siempre”, sea con nuestra mejor amiga o un noviecito que consideremos perfecto solo porque alguna vez nos regaló una flor que cortó de una mata al lado de su casa; y terminamos pensando que si no es para siempre, no es para nada.

¿Dónde está el “mientras dure”?, ¿a qué edad comenzamos a reconocer este término como una realidad aplicable, cuando ya tenemos el corazón lleno de cicatrices y nuestro apartamento lleno de gatos? Tal vez no sea tan romántico como un “felices para siempre”, pero sí hay cierta belleza en saber que dos personas tienen un tiempo, lugar y circunstancia determinada para encontrarse, nutrirse y dejarse ir. Sería pura casualidad (¿el destino?).

Pero ese ya es otro tema.

Todavía veo Shrek con la certeza de que casi nada es fácil y lo fácil se paga caro, porque es muy fácil enamorarse de alguien perfecto y vivir a través de sonrientes fotos de Instagram. Lo difícil que aceptar que la otra persona rompe cosas cuando se molesta, que caga todas las mañanas y que sea el tipo de persona que se levanta inmediatamente después de que aterriza el avión.

Lo difícil es aceptar un para siempre con las imperfecciones que los guionistas de Disney se rehusaron a mostrarnos. Porque nadie quiere ver al príncipe Eric haciendo una morning dump. No tiene nada de romántico ni meloso. Y Dios, cómo nos encanta fantasear con algo romántico y meloso.

Lo real y lo “mientras dure” es más bello por el simple hecho de que es más real. Y es por eso que tenemos tanto rollo con el “para siempre”, porque es otra mentira de los genios de marketing.

Pero ese ya es otro tema.