Liberé mi alma al aprender a decir ‘No’ - The Amaranta

Liberé mi alma al aprender a decir ‘No’

En esta época, todo lo que nos rodea nos condiciona de forma que solo podamos decir “sí” a lo que sea que venga, sin pensarlo demasiado. “Abrirte a cosas nuevas”, “dejar fluir las energías positivas”, “decirle que sí al destino” y toda esa habladuría de adolescente que después de un tiempo, parece estupidez de persona que está high.

Al principio apliqué bastante la filosofía del “sí”, en mis años finales de adolescencia y esos comienzos de mi vida adulta que llegaron junto con la nueva factura de mi plan telefónico. Lo hice porque era una bebé y decir que sí significaba salirme de mi cascarón y conocer gente nueva, hacer amigos y capaz conocer ese extraño concepto del amor del que todas las películas y mis amigas lanzadas hablaban.

Pero ya quemé esa etapa. Ya tengo suficientes amigos, ya tengo una pareja fija, ya sé qué me gusta tomar y qué consideraría conocer, ya probé todo lo que tenía que probar para conocerme al menos un poco y con eso me basta para asumir cierto criterio. Un criterio que ahora me da la opción de decir que no.

No quiero ir a ese seminario solo porque quieres espiar a tu ex, no quiero salir a tomar cervezas un jueves en la noche porque prefiero dormir, no quiero ir a una cita con un chamo que parece un gafo pero que crees que pueda interesarse por mí. No quiero y ya. Sin embargo, a pesar de mi firmeza y mi convencimiento de que ya era lo suficientemente mayor para marcar mis límites, yo aún seguía bajo presión.

La vida está llena de ofertas y oportunidades, y decir que no de alguna forma te condena y sientes que te hace ver mal frente a cualquiera. Pero eso es algo que está solo en tu cabeza. Y esa crisis que me entraba cada vez que recibía alguna invitación a alguna parte, tomaba el completo control de la situación y me hacía aceptar ciegamente.

Eso pasaba hasta que mi mejor amigo me dió el mejor consejo que me ha dado después de enseñarme a comer sushi con los palitos como gente normal: “Solo di que no”.

Sonaba simple, pero tenía su parte complicada. Decir que no implica conocer y respetar tus propios límites. Marcar una raya entre lo que quiere el otro y lo que te conviene a ti, y en el momento en que los dos lados cruza la raya, es momento de decir que no. Sonaba muy lejos a lo que llevaba tiempo practicando, pero lo asumí como un reto y esto fue lo que me pasó:

“Deberíamos tomarnos un café algún día y hablar bien de eso”

No.

O algo así.

Normalmente uno confía en que ese “vamos a tomarnos un café” se convierta en un “mentira, no quiero tomarme un café contigo pero quiero que sepas que no quiero quedar mal contigo porque soy pana”. Sin embargo, siempre estará presente la duda: ¿de pana quiere ir a tomarse un café o solo quiere ser pana?

Si no vas pendiente, la aparición seguida de la persona insistiendo en fecha y lugar te hará consumirá las entrañas. Así que para que no pase eso, di que no desde un principio. Yo lo intenté, pero me salió algo extraño.

“No estoy clara de cuándo tenga chance, ando full. Yo te aviso”. No le he avisado a esa persona, y estoy alargando esta excusa hasta que no de más y entienda el mensaje. Sé que está mal pero es difícil decir “¿para qué quiero yo tomarme un café contigo?”.

“Hija, ¿será que le regalamos estos zapatos (bellos) a tu prima porque no los usas y a ella le gustaron?”

No.

Mi mamá tiene una costumbre extraña en la que no puede ver las cosas sin usarse, cree que tienen una especie de corazón que les duele cuando nadie los aprovecha. Por eso le encanta regalarlas a quien sea, en especial familia cercana para un mayor provecho de ellas. Puede tratarse de zapatillas lindas o de tacones que no pisan suelo de discoteca desde hace más de un año.

Esta vez me preguntó por unos Converse que en realidad tenía pensado usar para la universidad. A veces no corría la suerte de estar presente durante estas decisiones, así que aproveché de marcar territorio en mi propio clóset y decir “no”.

Seguro mi mamá volverá en mi ausencia y no habrá valido la pena, pero al menos lo hice.

“¿Me prestas este libro? Hace rato que me lo quiero leer”

No.

Si de algo sé yo es que las personas que devuelven los libros en este mundo las podría contar una mano. Yo no soy una de ellas y por eso prefiero convencerme (cada ladrón juzga por su condición) de que nadie lo hará.

Decir que sí me dejó sin varios de mi libros favoritos: A Sangre Fría de Truman Capote lo tiene una amiga que se fue del país hace dos años, Cultura General para Dummies lo tiene una amiga del colegio a la que no he visto desde que me gradué y Cien Años de Soledad lo tiene mi prima que lo usa como pisapapeles.

Eso es algo que no me volverá a pasar.

“Vamos a salir a tomar cervezas este viernes apenas salgas del trabajo, ¿vas pendiente?”

No.

Vamos el sábado.

Por ser el último día de trabajo y el quinto día de andar corriendo de un lugar a otro, lo último que quiero es llenar mi cuerpo de sustancias extrañas que sé que me harán vomitar en cualquier momento para gritar y echarles los cuentos de la semana a mis amigos. Prefiero pasar ese plan para el día siguiente y quedarme en casa el viernes, viendo una película que he visto mil veces y acostarme a las 10 de la noche.

“Aquí tienes chica, (alguna base que me he tardado como media hora en elegir el tono con ayuda de la empleada, pero luego me di cuenta que cuesta la matrícula de mi carrera) ¿te lo llevo a la caja?”

Sí, por fa.

Luego me hice la loca en caja y no la pagué.

Sigo trabajando en mis “no”, pero hasta ahora me ha caído mejor que decir “sí” a cada rato como una adolescente desesperada. Decir que no me libera de más responsabilidades, aleja los arrepentimientos de mi cabeza y me hacen mirar con orgullo mi cuenta bancaria.

Y tú, ¿a qué te gustaría decirle que no?

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