La evolución de una relación de pareja y este estilo de afecto de naturaleza muy íntima

Llegar a la adolescencia es un evento traumático. Mejor digamos una época traumática; una era entera de cambios, pepas, sudoración, secreción de hormonas y fases emo de las que arrepentirnos.

Con ella llegan metamorfosis corporales y la iniciación en la escuela de educación sexual con un pénsum tan variado como incómodo.

Dos corrientes principales en la escuela. La primera es vieja y rígida conformada por profesores escolares incómodos que no tienen mucha idea de realmente por qué nos salen pelitos “allá abajo” y por padres demasiado arraigados todavía con una crianza del milenio pasado que los hace incapaces de pronunciar la palabra “condón” por lo que prefieren “gomita” como término más amigable y menos sexual.

La segunda corriente es la escuela de calle con un pupitre permanente frente a esa amiga del colegio que tiene una hermana mucho mayor y medio promiscua, usualmente fumadora de cigarros, la cual encuentra diversión corrompiendo al retoño de la familia y ese retoño corrompiéndonos a nosotros.

El retoño demasiado joven y demasiado enterado de la sexualidad humana, será la fuente más informativa al respecto y aunque no siempre acertado en contenido, calma bastantes dudas que nos da vergüenza hacer a los mayores y que a ellos les da vergüenza responder.

De las lecciones más relevantes de la mini profesora de puericultura es aquella de la analogía entre las bases de béisbol y el avance sexual de una relación. Esta va más o menos así:

Primera base: darse los besos.

Segunda base: toquetearse.

Tercera base: toquetearse debajo de la ropa.

Jonrón: hacer el chuqui chuqui.

Y con esa definición madura y explícita uno sabía la forma en la que la relación iba avanzando. Dependiendo de lo que hayas “hecho” sabías qué tan en serio iba la cosa.

Pero los años pasan y los conceptos que manejamos sobre muchas cosas cambian. Desde nuestra opinión sobre el desagradable sabor de la cerveza, hasta el sentido que le damos al sexo.

Es recurrente la conversación en la que se discute lo que sucede en cada base de la analogía planteada anteriormente cuando uno se inicia en la adultez y el papel del amor como jugador estrella del partido.

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Es irónico como con toda confianza y desinhibición somos capaces de acercarnos a un extraño en un bar y plantarle un beso.

De igual forma navegamos por redes sociales emitiendo juicios sobre la apariencia física de otros, o buscando aplicaciones de citas sin esconder el hecho de que todos los que se encuentran allí buscan poner en práctica lo que aprendieron del retoño corrompido cuando tenían 14 años.

Sin vergüenza ni asombro escuchamos relatos de amores de una noche y de cómo no volvieron a ver a aquel español que con besos apasionados marcó el viaje de amigas a Punta Cana.

Nos sumergimos sin miedo en actos sexuales sin ataduras emocionales con mucha facilidad, y aunque no sea una crítica, irónicamente entramos en pánico y temblor cuando pequeños actos de afecto buscan hacer de las suyas.

No tenemos problemas en bailar reggaetón fogosamente, pero cuidado si se te ocurre acariciarme el pelo en un descuido.

Las bases de béisbol cambiaron, primero te besas, luego compartes el lecho pasional, con suerte permites un beso en la mejilla y el jonrón es tomarse de las manos; acto que da pie al posible desarrollo de una relación.

El romance a todas estas, está sepultado bajo el lema de “dejar que fluya” y ansioso por entrelazar dedos con alguien que genuinamente nos está gustando.

Ganamos confianza sexual y perdimos cancha en el amor.

Entonces, si ganamos y perdimos ¿realmente nos la llevamos el noveno innig?

No temas en tomar de la mano porque aunque en estos tiempos lo sientas más íntimo que un beso, es porque la idea falsa de llevar la delantera en el juego te tiene cegada, y te están ganando.