Son esas cosas que hacemos que nos hacen sentir como f*cking extraterrestres

En la tierra viven más de 7.442 miles de millones de personas, o eso me salió en Google y considero absolutamente imposible que sea la única en sospechar que los ganchitos de pelo y las colas tienen vida propia, con su propia ciudad subterránea y todo donde se reúnen y esconden de los humanos.

Aunque es cierto el dicho de “cada cabeza es un mundo”, me rehúso a pensar ese tipo de teorías no viajen de un “mundo” a otro. Teorías, historias, miedos y certezas que lanzaré al infinito abismo del internet en espera de que alguien allá fuera me entienda y no me diga que debería tomarme una birra y superar la intensidad.

Porque de alguna manera todos tememos ser los únicos.

¿Los únicos en pensar qué?, ¿en dar por sentado que en Venezuela escupen en todas las máquinas de refrescos de comida rápida?, ¿que los buhoneros del metro en realidad son una secta secreta de espías del gobierno?, o ¿que la licuadora va a salir volando en cualquier intento inocente de hacer “Taco” (burda sustitución del Toddy)?

Oh wait, ¿acaso soy solo yo?

Sin duda esto de crear sectas secretas y darle vida a objetos inhumanos de vital importancia para la sobrevivencia humana es de adictos al monte, pero qué pasa con los miedos. No puedo ser la única persona en temer que me confundan con un alien cada vez que me sujeto el cabello en una cola de caballo, o que salga de una sala de cine y encuentre al apocalipsis del mundo real, o incluso a descubrir que toda la vida es un sueño larguísimo del que no te despiertas hasta que mueres, así a lo Inception.

Tampoco puedo ser la única en pensar que hay cosas que ajuro y porque sí tienes que hacer por el simple hecho de tener dos brazos, dos piernas y una cabeza, que es ofrecerle café siempre a tus invitados de día y birra de noche; aplicar la ley del hielo al falso que nunca se llegó a la reunión; nunca pero nunca dejar de darle una cachetada a la amiga que dice que la empanada de carne mechada es mejor que la de carne molida; y hasta considero de extrema importancia mirar feo a quien le echa salsa agridulce en lugar de la de soya al arroz chino.

Capaz soy solo yo quien piensa estupideces así, porque solo se me ocurren en esos momentos de claridad en los que abres la nevera y de repente encuentras el sentido de la vida. Para luego cerrarla sin haber sacado absolutamente nada de ella.

Supongo que ya me he acostumbrado a vivir con esas locuras en mi cabeza, todo el tiempo evitando hacer contacto visual con el buhonero de metro o buscando sabores raros en la 7Up que acompaña mi Big Mac (porque sí, también sigo comiendo de vez en cuando en McDonald’s, solo para no perder la costumbre) y memorizando los lugares en los que dejo mis ganchitos para trazar una ruta de a dónde habrán ido.

Eso es más bien como la evolución de una teoría que nació cuando vi Toy Story y me convencí de que mis muñecos y peluches hablan cuando no estoy. Algo que por cierto, secretamente, sigo creyendo.

O, ¿acaso soy la única?