Son marcas de nuestras vidas pasadas, no que estamos comiendo muchas empanadas

Cuando tenía once años, solía disfrutar de mi voluntad de hacer lo que quisiera (si mi mamá me dejaba), así que un día decidí crecer y estaba convencida de que era yo quien tenía la última palabra, nada de Dios ni de Madre Naturaleza ni nada, yo. Estaba creciendo porque yo quería, porque quería ser como esas actrices de películas viejas que veía mi mamá y como todas las películas adolescentes que pasaban en Disney Channel. Sin embargo, me hicieron una mala jugada.

Esta vez no fue mi culpa, sino de Dios, la Madre Naturaleza o hasta de mi mamá por pasarme genes de piel poco flexible. Como de un día para otro, dejé de ser una tabla como la de Ed, Edd y Eddy: de la nada me crecieron tetas y algo sobre qué sentarme que no fueran mis huesos con algo de pellejo, también me puse más gruesa por las caderas y tuve que comenzar a usar desodorante y sostenes incómodos. Sin duda, todos los sueños tienen un precio.

Me habían salido estrías por todas partes, olores que nunca había conocido y oyuelos tanto en los muslos como en mis recién aparecidas nalgas. Pero como mi mamá no soportaba verme mentando madre a tan temprana edad y por algo tan común como es el crecimiento del cuerpo, me contó una historia que hasta el día de hoy me creo como si tuviese cinco años y me estuviesen hablando de Santa Claus.

Dijo que todas las mujeres tenía por alguna parte, marcas que sus antepasados o incluso ellas mismas en vidas pasadas se habían dejado para no olvidar sus hazañas. Podían presentarse en forma de estrías (cuando habíamos dejado algún legado a nuestros sucesores), marcas de celulitis (cuando habíamos ganado alguna batalla o conquistado algún territorio) y las más comunes que son los lunares (que realmente son marcas de los amores que hemos tenido).

Así que estudié todas las marcas que tenía para ver si mi mamá podía descifrar mi historia. En total tenía estrías en tres zonas de mi cuerpo, tres lunares regados y todavía no me había salido la celulitis, así que no la cuento. Entonces ella dedujo que me había enamorado de un comerciante de telas preciosas (por mi gusto hacia los colores brillantes), de un chef (que me enseñó a tener un paladar exigente) y en esta vida sería claro el significado de mi tercer lunar.

Por mis estrías ella me dijo que era algo que debía descubrir yo misma, pero es algo que aún no he descifrado bien todavía. Me gusta pensar que escribí la novela que inspiraría a cientos de personas a ayudar al mundo, o tal vez que hice un restaurante monumental y secreto al que solo los expertos sabían llegar.

Tal vez lo hice, tal vez no, ¿quién sabe? Sin embargo, creo que nuestros antecesores o nosotros mismos en una vida pasada se olvidaron de un pequeño detalle. Nos dieron pistas para recordar que habíamos hecho algo importante, pero no nos dejaron nada para saber qué fue eso. Como un recordatorio de “olvidaste algo” solo que olvidas qué cosa olvidaste. O capaz ahí reside la gracia de todo el asunto. Lo único que sé es que romantizar nuestro cuerpo es una de las mejores cosas que ha hecho mi mamá por mí y ese será uno de sus muchos legados para mí.

Lo que significa que tendrá muchas más estrías en la próxima vida. Sorry, mom.

Y tú, ¿qué marcas de tus vidas pasadas tienes?